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Periódico Policial
Especialista colaborador

Actitud-Aptitud policial

Un agente que no proyecta su aptitud (su preparación técnica) y su actitud (su control y determinación) a través de su presencia, pierde el control de la intervención antes de cruzar la primera palabra.

Manuel Jaramillo
Colaborador Manuel Jaramillo
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Ser policía es mucho más que fichar en un turno y vestir un uniforme; es una forma de presentarse ante la sociedad y de asumir una responsabilidad que no todos están dispuestos a cargar. En la calle, cuando una intervención se complica la diferencia entre quien de verdad es policía y quien simplemente trabaja de policía se vuelve evidente en cuestión de segundos. Esa frontera se define a través de dos realidades que van de la mano: la aptitud, que es la destreza técnica y el saber reaccionar con los conocimientos en la mano, y la actitud, que es el control emocional, la proyección y la firmeza que se eligen tener frente a la complejidad en una intervención.
​Quien solo trabaja de policía suele ver el uniforme como una herramienta de oficina y el turno como horas que deben pasar. Cuando se encuentra con un ciudadano que desafía su autoridad, que se niega a identificarse o que responde con insultos, es fácil que la situación se le vaya de las manos. Al carecer de ese arraigo vocacional, es común que confunda la autoridad con el orgullo personal, respondiendo a la provocación desde el estómago y no desde el profesionalismo. Su corporalidad suele delatarlo: camina encorvado, con las manos ocultas o una postura indolente, y lleva el ceñidor  flojo y caído sobre la cadera, casi como un vaquero del viejo oeste y el chaleco suele estar colgado de una percha en el vehículo policíal. Esa imagen desaliñada y sin orden no es solo un problema estético; es un mensaje de debilidad y desidia que el infractor capta al instante. Lejos de calmar los ánimos, esa falta de porte invita al conflicto, porque el ciudadano ya no ve el peso de la ley ni el orden de una institución, sino a un empleado descuidado a quien cree que puede doblegar o desafiar.
​En el extremo opuesto se encuentra el que de verdad es policía. Para él, la excelencia operativa y la presencia física son una declaración de principios e intenciones. Sabe que su primer lenguaje en la calle no son las palabras, sino su propia imagen. Por eso se presenta erguido, con la mirada atenta y el ceñidor perfectamente ajustado y ordenado; cada elemento de su equipo está donde debe estar (sabe utilizar lo que dispone) porque el orden exterior refleja su estructura mental y su preparación. Esta postura corporal impecable no busca intimidar, sino proyectar una seguridad y operatividad que desarma la hostilidad antes de que comience. Frente al mismo ciudadano que grita y desobedece, este agente no se inmuta ni se altera. Sabe mantener la distancia, habla con un tono imperativo pero sereno y aplica la firmeza necesaria para reconducir la situación. Y si el individuo decide cruzar la línea y pasar a la resistencia física, el policía actúa con una técnica limpia, proporcional y segura, precisamente porque su aptitud está respaldada por un entrenamiento constante y su equipo está listo para responder sin demoras.
​Al final, la intervención policial es un espejo del compromiso interno de cada agente. El uniforme tiene la capacidad de vestir el cuerpo, pero no el carácter. Quien entra a la carrera solo para trabajar de policía olvida que la autoridad no emana de la placa, sino del respeto y la seguridad que se inspiran. En cambio, quien asume el honor de ser policía entiende que estar erguido, llevar el equipo en orden y mantener la cabeza fría bajo presión son las herramientas fundamentales para que una detención legítima no se convierta en un caos, garantizando la seguridad del ciudadano y, por encima de todo, regresando a casa con el deber cumplido de manera íntegra.