En este artículo quiero abordar el gran dilema de portar el arma corta con cartucho en la recámara o sin él. Antes de entrar en materia, debo aclarar que me refiero exclusivamente al servicio uniformado. No hablaré del porte de paisano ni de aquellos servicios excepcionales que, por sus características operativas, requieran portar el arma oculta o actuar en entornos no seguros.
A pesar de contar con formación reglada y una amplia trayectoria en cursos policiales, muchas de las reflexiones que compartiré hoy las he aprendido en el ejercicio diario de la profesión, acumulando experiencias reales como agente actuante sobre el terreno.
Desde mi punto de vista, y no deja de ser una opinión personal basada en mi experiencia profesional, portar el arma sin cartucho en la recámara es comparable a no utilizar el cinturón de seguridad durante la conducción y pretender colocárselo instantes antes de sufrir una colisión. Todo ello en décimas de segundo, sometido al estrés fisiológico que provoca una situación crítica, con la pérdida de motricidad fina y capacidad cognitiva que ello conlleva.
Mi rutina operativa comienza aproximadamente trenta minutos antes del briefing. Una vez uniformado, me dirijo al armero para recoger mi arma corta. Toda manipulación se realiza en una zona habilitada y segura (zona fría). Introduzco el cargador, realizo el ciclo de carga con un movimiento firme para alojar un cartucho en la recámara y, posteriormente, dejo el arma en doble acción antes de enfundarla en una funda con los correspondientes sistemas de retención y seguridad pasiva.
Todo este procedimiento lo realizo en un entorno controlado: con las pulsaciones basales, sin estrés operativo, sin compañeros ni ciudadanos en la línea de tiro y en un espacio específicamente diseñado para la manipulación segura del arma.
De esta forma, si durante el servicio me veo obligado a desenfundar, mi única preocupación será la valoración táctica y jurídica de la situación: determinar si existe un peligro real, grave e inminente para la vida o integridad física de mi compañero, de un tercero o de la mía propia que justifique el empleo del arma de fuego. Considero que esa toma de decisiones ya supone, por sí sola, una importante carga cognitiva bajo estrés.
Planteemos ahora el escenario contrario. No porto el arma con cartucho en la recámara y soy activado para intervenir en un incidente grave. Debo decidir cuándo y dónde montar el arma. ¿Lo hago en el vehículo patrulla? Se trata de un entorno no habilitado para ello, en el que un error de manipulación podría provocar un disparo accidental con el consiguiente riesgo de lesiones para mi compañero o para mí mismo.
¿Espero entonces a llegar al lugar de la intervención? Si realizo la maniobra en la vía pública, antes de acceder al domicilio del requirente, la casuística es similar: presencia de ciudadanos a distancia de impacto, agentes desplegados en el dispositivo y un arma que, además, podría haber quedado en simple acción como consecuencia del estrés y de los automatismos adquiridos durante el entrenamiento.
En definitiva, mi reflexión no gira únicamente en torno a la rapidez de respuesta, sino también sobre el momento y el lugar en el que decidimos manipular el arma. Personalmente, considero que dicha manipulación debe realizarse una sola vez, en una zona segura y controlada, y no cuando las pulsaciones están disparadas y nuestra atención debe centrarse exclusivamente en la valoración táctica del incidente y en la toma de decisiones críticas.
No quiero que nadie interprete que este artículo pretende recomendar portar el arma en las mismas condiciones en las que yo la porto, ni mucho menos. Lo que sí debéis tener presente es que portar el arma sin cartucho en recámara exige un mayor nivel de entrenamiento en seco y una práctica mucho más constante de las manipulaciones.
Durante algunos años me dediqué a la formación de profesionales del sector en simuladores y galerías de tiro con munición real. El simulador nos permite recrear situaciones que, por razones de seguridad, serían impensables en una galería de tiro. Es precisamente en ese entorno de trabajo donde, a través del ensayo, el error y la observación, hemos podido constatar cuáles son las incidencias más frecuentes en operadores que portaban el arma sin cartucho en recámara.
Entre ellas destacan los montajes incompletos provocados por manipulaciones deficientes bajo estrés o con las manos sudadas; armas en simple acción con operadores que llegaron a apuntar involuntariamente a sus propios binomios durante la secuencia de la simulaciones teniendo el arma en simple acción;y situaciones en las que el policía creía estar efectuando disparos sobre el agresor cuando, en realidad, no había conseguido alimentar correctamente el arma.
Muchos alumnos argumentaban que no portaban cartucho en la recámara porque, en caso de que les arrebataran el arma de la funda, teóricamente dispondrían de unos segundos para recuperarla si la persona que la hubiera extraído no tuviera los conocimientos necesarios para alimentarla y ponerla en disposición de disparar.
Las fundas actuales ofrecen elevados niveles de seguridad y dificultan considerablemente la extracción del arma cuando todos sus sistemas de retención (fiadores) se encuentran correctamente asegurados.
No obstante, insisto en que el mensaje no pretende que cambies tu forma de trabajar, sino que comprendas la necesidad de incrementar y perfeccionar tu entrenamiento. El objetivo es adquirir las competencias técnicas y la confianza necesarias para gestionar correctamente incidentes que requieran el uso del arma.
El arma de fuego, una vez desenfundada, debe responder a una necesidad operativa legítima; no es un instrumento de intimidación ni debe emplearse como un objeto contundente. Su utilización exige el máximo respeto por las normas de seguridad y una adecuada valoración de las circunstancias concurrentes.
Algunas organizaciones contemplan en sus protocolos de empleo del arma de fuego la posibilidad de efectuar disparos al aire en supuestos excepcionales. Personalmente, no lo aconsejo. Todo proyectil que asciende termina descendiendo y puede suponer un riesgo para terceros ajenos al incidente.
El agente es el responsable directo de cada uno de esos proyectiles que salen de su arma de dotación.
Portar el arma en condiciones seguras y mantener una estricta disciplina del disparador —manteniendo el dedo fuera de éste hasta el momento en que exista una necesidad real y legítima de efectuar un disparo— simplifica considerablemente la gestión del estrés y reduce el riesgo de errores durante los incidentes graves.
Con ello no pretendo transmitir la idea de que sea una tarea sencilla. La correcta gestión de situaciones críticas requiere formación, entrenamiento continuado y la adquisición de automatismos seguros que permitan actuar con responsabilidad, manteniendo en todo momento los principios de seguridad y el adecuado control del arma.
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