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Publicado el 27/09/2026

El fuego que no pudo con él

Unos años convulsos rodearon a una ciudad. Las noches en vela, el fuego en cada contenedor, en cada esquina, comercios cerrados, una población que se guarecía a la caída de la noche. Y un día, un furgón policial comenzó a arder. No por un problema mecánico. Querían quemar a su ocupante, como si se tratara del toro de fuego de antaño, de siglos atrás, cuando el fuego era espectáculo y castigo a la vez.

El fuego que no pudo con él
Yolanda Trancho
Colaborador Yolanda Trancho
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Dentro había un solo agente. Se le impedía la salida mientras fuera los vítores para que ardiera estremecían, los insultos acompañaban mientras las llamas se acercaban a los asientos y él, con calma absoluta, buscaba una salida. Las puertas bloqueadas, el calor asfixiante, pensamientos de despedida que no dijo, una imagen de una esposa, un hijo o una madre, una frase nunca dicha. Y el humo, que ya era también compañero, se filtraba a los pulmones, y solo quedaban apenas unos minutos. De repente, una idea, y desde fuera, pudieron ayudarle. Vivir, oxígeno, y oscuridad.

No hay medalla que compense esos minutos. No hay ascenso, ni titular, ni sentencia posterior que borre lo que se piensa cuando el fuego decide por ti el tiempo que te queda. Quien no lo ha vivido no puede imaginar el silencio interior que se instala cuando el cuerpo sigue actuando —buscando la puerta, calculando la salida— mientras la mente ya se ha despedido de todo lo que ama. Eso es lo que casi nadie cuenta cuando habla de aquellas noches: que detrás del uniforme, del chaleco antidisturbios que pesa y estorba, hay un hombre que también tiene miedo, y que ese miedo no aparece en ningún atestado.

Han pasado más de cinco años desde el 27 de febrero de 2021, cuando las protestas por el encarcelamiento de Pablo Hasél incendiaron Barcelona. Aquella noche, un furgón de la Guàrdia Urbana quedó envuelto en llamas con un agente en su interior. Según el escrito de acusación, los integrantes del grupo lanzaron objetos y artefactos incendiarios contra las líneas y los vehículos policiales; una bengala provocó las llamas junto al furgón y, después, se habría arrojado líquido inflamable, haciendo que el fuego alcanzara la zona próxima al depósito de combustible. El agente, uniformado y equipado con material antidisturbios que dificultaba su movilidad, consiguió escapar por la puerta del copiloto. Sin resultar herido, dice el parte oficial. Pero hay heridas que no dejan marca visible en la piel y que, aun así, se llevan por dentro para siempre, y que reaparecen en cualquier noche cerrada, en cualquier olor a humo, durante años.

Hoy se hará justicia humana. La Fiscalía de Barcelona pide 25 años y 5 meses de cárcel para cada uno de los nueve acusados de participar en aquel ataque. Seis delitos sostienen la acusación: homicidio en grado de tentativa, atentado continuado contra agentes de la autoridad, desórdenes públicos, daños continuados, manifestación ilegal y pertenencia a grupo criminal. La Fiscalía sostiene que actuaron de forma coordinada, y cifra los daños ocasionados durante los disturbios en 634.218 euros. Las defensas, por su parte, han cuestionado durante la instrucción la individualización de las conductas atribuidas a cada uno de los procesados: quién lanzó qué, quién prendió qué, quién decidió que un hombre debía arder dentro de una furgoneta.

Y ahí está, quizá, la pregunta que de verdad importa, más allá del número de años que pida la Fiscalía: ¿qué clase de furia colectiva convierte a un ser humano dentro de un vehículo en un objetivo legítimo? Porque no hablamos de daños materiales, de contenedores o de escaparates rotos, que también dejan cicatriz en una ciudad. Hablamos de una decisión: la de intentar impedir que alguien saliera con vida.

La divina llegará, dicen, en su tiempo, para quien crea en ella. Pero hoy, algunos de aquellos violentos serán sentenciados por la justicia de los hombres. Y quizá eso sea lo único que podamos ofrecerle a un agente que, una noche de hace cinco años, tuvo que decidir en segundos, con el fuego rozándole la piel, si vivía o se despedía en silencio de todo lo que amaba. Yolanda Trancho - Escritora

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