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El perro en la guerra: mucho más que un compañero de combate

Mensajero, centinela, explorador, rescatador y, en algunos casos, arma


Jesús Montero
Colaborador Jesús Montero
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Cuando pensamos en las grandes guerras del siglo XX, nuestra imaginación suele llevarnos a soldados, trincheras, carros de combate, aviación y artillería. Sin embargo, entre aquellos millones de combatientes hubo unos protagonistas de cuatro patas cuya importancia ha quedado muchas veces relegada a un segundo plano: los perros militares.

Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, los perros fueron utilizados para desempeñar misiones que, en determinadas circunstancias, podían resultar demasiado peligrosas para un ser humano o que aprovechaban capacidades naturales del animal, especialmente su olfato, oído, movilidad y capacidad para desplazarse por terrenos difíciles.

No eran simplemente animales que acompañaban a los soldados. En muchos casos fueron auténticos elementos operativos.

El mensajero que atravesaba el campo de batalla

En la Primera Guerra Mundial, las comunicaciones entre las unidades podían quedar interrumpidas por los bombardeos. Los cables telefónicos eran destruidos y enviar a un soldado para transmitir un mensaje podía significar exponerlo al fuego enemigo.

El perro ofrecía una alternativa.

Los llamados perros mensajeros eran entrenados para desplazarse entre dos puntos y transportar mensajes, normalmente en pequeños recipientes sujetos al collar o al arnés.

Su tamaño, velocidad y capacidad para utilizar el terreno les permitían atravesar zonas donde un hombre podía convertirse fácilmente en objetivo.

La función no era anecdótica. El Ejército estadounidense documentó posteriormente que los perros mensajeros podían utilizarse para establecer comunicaciones entre posiciones fijas o móviles y transportar pequeños suministros de emergencia. (Museo de la QM)

En una guerra donde unos minutos podían decidir la supervivencia de una unidad, aquella capacidad tenía un enorme valor.

Centinelas contra un enemigo invisible

Otra de sus funciones fundamentales fue la vigilancia.

Los perros centinela acompañaban a los soldados encargados de proteger posiciones, depósitos, aeródromos, fortificaciones o instalaciones militares.

Su principal ventaja no era la fuerza física.

Era su capacidad para detectar lo que el ser humano todavía no había percibido.

Un perro podía advertir mediante cambios en su comportamiento, gruñidos o ladridos de la presencia de una persona aproximándose, especialmente durante la noche. El Ejército estadounidense los consideraba especialmente útiles para la vigilancia de zonas donde un ataque podía producirse desde la oscuridad o desde posiciones ocultas. (Museo de la QM)

En otras palabras, el perro funcionaba como un sensor biológico de alerta temprana.

Una función que, vista desde la perspectiva policial actual, resulta extraordinariamente familiar.

Los perros exploradores: caminar delante de la patrulla

Durante la Segunda Guerra Mundial apareció otra función especialmente interesante: el perro explorador o de patrulla.

Estos animales podían marchar delante de las unidades de infantería y detectar la presencia del enemigo antes de que los soldados fueran conscientes de ella.

La ventaja era especialmente importante en zonas de vegetación densa, selvas o terrenos donde una emboscada podía producirse a escasa distancia.

A diferencia del perro centinela, el perro explorador debía trabajar de forma mucho más silenciosa. Su misión no consistía necesariamente en ladrar ante cualquier estímulo, sino en detectar una amenaza y transmitir esa información a su guía.

El Ejército estadounidense llegó a organizar pelotones específicamente destinados a este cometido. Durante la Segunda Guerra Mundial se activaron quince pelotones de perros de guerra: siete destinados a Europa y ocho al Pacífico. (Museo de la QM)

Aquí encontramos uno de los antecedentes más claros del concepto moderno de binomio operativo.

Buscar a los heridos

Quizá una de las funciones más humanas fue precisamente la búsqueda de soldados heridos.

Durante la Primera Guerra Mundial, perros vinculados a organizaciones de la Cruz Roja fueron empleados para localizar combatientes heridos en el campo de batalla. Estos animales, conocidos como mercy dogs o perros de misericordia, podían localizar a hombres incapacitados y alertar posteriormente a sus responsables. (Ejército de EE. UU.)

La lógica era sencilla: un soldado herido podía quedar oculto entre trincheras, cráteres, escombros o vegetación. El tiempo que transcurría hasta encontrarlo podía determinar si sobrevivía.

El olfato del perro podía convertir minutos de búsqueda humana en una localización mucho más rápida.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército estadounidense continuó experimentando con perros destinados a localizar bajas, aunque finalmente abandonó este programa al comprobar que los animales tenían dificultades para distinguir de manera fiable entre heridos, fallecidos y personas que no necesitaban asistencia. (Ejército de EE. UU.)

Detectar minas

Otra aplicación fue la detección de minas y otros peligros ocultos.

El programa estadounidense de perros de guerra desarrolló perros especializados en localizar minas, cables trampa y determinados artefactos ocultos. Aproximadamente 140 perros fueron entrenados para esta función, aunque su utilización operativa encontró dificultades y solamente dos unidades llegaron a activarse, ambas destinadas al norte de África. (Museo de la QM)

Este episodio resulta especialmente interesante porque demuestra algo fundamental en el adiestramiento canino:

que una extraordinaria capacidad natural no garantiza por sí sola el éxito operativo.

El entorno, el ruido, el estrés, los olores ambientales y las condiciones reales del combate pueden alterar radicalmente el comportamiento de un perro.

Es una lección que continúa siendo válida para cualquier unidad canina policial.

Perros de carga y transporte

Los perros también fueron utilizados para transportar material.

En determinados escenarios podían llevar munición, suministros médicos, equipos de comunicación u otros pequeños cargamentos. También se emplearon para transportar o tender cables en distancias cortas.

En condiciones extremas, además, algunos ejércitos utilizaron perros de trineo.

El Ejército estadounidense llegó a disponer durante la Segunda Guerra Mundial de unidades de búsqueda y rescate en zonas árticas. Equipos de perros de trineo fueron empleados por unidades del transporte aéreo para operaciones de rescate y evacuación. (Achh Army)

El perro demostraba así otra de sus grandes ventajas: su capacidad para trabajar donde otros medios de transporte tenían enormes dificultades.

Y entonces apareció el “perro bomba”

Pero existe una utilización mucho más oscura.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética entrenó perros para atacar carros de combate alemanes llevando cargas explosivas. Los animales eran preparados para introducirse bajo los vehículos y accionar el mecanismo de la carga. (HISTORY)

Es uno de los episodios más controvertidos de la historia del perro militar.

Y precisamente por eso merece ser contado con contexto.

El perro había pasado de detectar al enemigo, transportar mensajes o localizar heridos a ser utilizado directamente como arma.

Pero incluso este episodio demuestra hasta qué punto los ejércitos habían comprendido el potencial operativo del animal.

El origen de una nueva forma de entender al perro

La Segunda Guerra Mundial supuso una expansión considerable del empleo militar de perros.

En Estados Unidos, el programa de perros de guerra llegó a entrenar más de 10.000 animales. La inmensa mayoría fueron destinados a funciones de vigilancia, pero también existieron especialistas en exploración, mensajería, detección de minas y otras tareas. (Achh Army)

La guerra terminó, pero muchas de aquellas funciones no desaparecieron.

Evolucionaron.

El perro que había aprendido a detectar una patrulla enemiga terminaría convirtiéndose en perro de seguridad.

El que buscaba minas terminaría abriendo el camino hacia los actuales perros detectores.

El que localizaba heridos demostraría el potencial del perro para encontrar personas.

Y el binomio formado por soldado y perro se convertiría en uno de los antecedentes directos de los actuales equipos caninos militares y policiales.

Del campo de batalla a la policía

Quizá esta sea la conclusión más interesante para quienes trabajamos con perros operativos.

La guerra obligó al ser humano a descubrir y desarrollar capacidades del perro que ya estaban presentes en él de forma natural.

Olfato. Audición. Capacidad de detección. Movilidad. Instinto de alerta. Capacidad de aprendizaje. Y, sobre todo, voluntad de trabajar junto al ser humano.

Hoy esas capacidades pueden utilizarse con un objetivo completamente diferente.

Ya no para conquistar una posición.

No para atacar.

Sino para prevenir, localizar, detectar y salvar vidas.

Cuando un perro policial busca explosivos en un evento multitudinario, localiza a una persona desaparecida o detecta una sustancia oculta, existe detrás de esa imagen moderna una historia de más de un siglo de evolución del perro operativo.

Una historia que comenzó en las trincheras.

Y que demuestra una realidad que cualquier guía canino conoce bien:

el verdadero potencial de un perro no está únicamente en lo que puede hacer, sino en lo que un ser humano es capaz de enseñarle a hacer correctamente.


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