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EL SER HUMANO: EL ÚNICO ANIMAL QUE PUEDE DISFRUTAR HACIENDO DAÑO

Jesús Montero
Colaborador Jesús Montero
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Cuando observamos la naturaleza solemos atribuir a los animales comportamientos crueles. Un león mata a una gacela. Un lobo persigue a un ciervo. Dos machos luchan por el territorio. Sin embargo, aunque esas escenas puedan parecernos violentas, responden a una lógica muy distinta de la humana.

Los animales no hacen daño por diversión, por odio, por venganza o por el simple placer de ver sufrir a otro. Matan para alimentarse, para defenderse, para proteger a sus crías o para garantizar su supervivencia. La agresión, en el mundo animal, tiene una función biológica.

Pensemos en un lobo. Cuando derriba a un ciervo, no siente satisfacción por el sufrimiento de la presa. De hecho, cuanto antes termine la persecución, antes podrá alimentarse y menor será el gasto de energía y el riesgo de lesionarse. El objetivo nunca es el dolor; el objetivo es sobrevivir.

Con los perros ocurre algo similar. Dos perros pueden pelear por un recurso, por miedo o por una situación de tensión, pero cuando el conflicto termina, también termina la agresión. Es frecuente que, minutos después, cada uno siga con su vida sin guardar rencor. No elaboran planes para humillar al otro, ni buscan desprestigiarlo, ni disfrutan recordando el daño que le hicieron. La agresión cumple una función puntual y desaparece cuando deja de ser necesaria.

EL SER HUMANO ES DIFERENTE:

Somos capaces de hacer daño sin necesidad. Podemos humillar, manipular, torturar, acosar o destruir a otra persona simplemente porque obtenemos satisfacción psicológica al hacerlo. Podemos disfrutar del sufrimiento ajeno, reírnos de la desgracia de alguien o buscar deliberadamente causar dolor emocional.

La historia está llena de ejemplos: guerras marcadas por la tortura gratuita, abusos, acoso escolar, violencia doméstica, maltrato animal o ciberacoso. Ninguna de estas conductas responde a una necesidad de supervivencia.

Paradójicamente, la misma especie capaz de escribir poesía, curar enfermedades o explorar el espacio también puede convertirse en la única que transforma el sufrimiento ajeno en una forma de entretenimiento o de poder.

Esto no significa que todos los seres humanos sean crueles. Al contrario. Al igual que los perros, también somos la especie con mayor capacidad para la empatía, la compasión, el sacrificio y el altruismo. Podemos arriesgar nuestra vida por un desconocido, adoptar a un niño que no comparte nuestros genes o dedicar nuestra existencia a ayudar a quienes nunca podrán devolvernos el favor.

Nuestra grandeza y nuestra miseria nacen del mismo lugar: una inteligencia extraordinaria y una compleja vida emocional.

Conviene, además, hacer un matiz importante. Algunos animales parecen jugar con sus presas, como los gatos con los ratones o las orcas con las focas. Durante mucho tiempo eso se interpretó como una forma de diversión. Sin embargo, la evidencia científica sugiere que esos comportamientos suelen estar relacionados con el aprendizaje, el entrenamiento de habilidades de caza, la reducción del riesgo frente a una presa aún peligrosa o respuestas instintivas, y no con el deseo consciente de provocar sufrimiento por placer.

La diferencia es esencial. El animal no parece comprender el sufrimiento de su víctima como lo hace un ser humano. Nosotros sí podemos entender el dolor del otro… y, aun así, decidir causarlo.

Por eso la verdadera diferencia entre nuestra especie y el resto de los animales no es la violencia. La violencia existe en toda la naturaleza. Lo que nos hace únicos es nuestra capacidad para elegir qué hacer con ella.

Podemos utilizar nuestra inteligencia para proteger o para destruir; nuestras palabras para sanar o para humillar; nuestro poder para levantar a otros o para aplastarlos.

Quizá la pregunta más importante no sea por qué algunos seres humanos disfrutan haciendo daño, sino por qué, teniendo la capacidad de comprender el sufrimiento ajeno como ninguna otra especie, a veces decidimos ignorarlo.

Un perro puede perdonar a quien ayer le quitó un juguete. Un lobo puede dejar de luchar en el mismo instante en que su rival se rinde. Sin embargo, un ser humano puede alimentar durante años el odio, la venganza o el deseo de humillar. Ahí reside una de las diferencias más profundas entre nosotros y el resto del reino animal.

Nuestra humanidad no se mide por nuestra inteligencia, sino por cómo tratamos a quienes podrían ser más débiles que nosotros. Ahí es donde realmente demostramos quiénes somos.