NOTICIA
LOS HOMBRES NO LLORAN, LOS POLICÍAS TAMPOCO
Un dato: Más del 80% de la Policía Nacional son hombres y más del 90% en la Guardia Civil. Junio es el mes de la salud mental masculina, hay campañas, hay hashtags, pero casi nadie habla del hombre de uniforme. Ese que aprendió desde el primer día que aguantar es parte del trabajo, que derrumbarse es una grieta en la armadura., que pedir ayuda no entra en el protocolo. El problema no es que no sepa pedir ayuda. El problema es que lleva años sin tener un lenguaje para nombrar lo que le pasa.
Audio del artículoEscuchar artículo
Ocho de cada diez policías en España son hombres. Este dato lo publica el Ministerio
del Interior: 81,4% en la Policía Nacional, más del 90% en la Guardia Civil. No lo digo
para hacer estadística. Lo digo porque cuando hablamos de salud mental en los
cuerpos policiales, estamos hablando, en su inmensa mayoría, de hombres. Y eso
cambia todo.
Junio es el mes de la salud mental masculina. Hay campañas, hay hashtags, hay
artículos que explican por qué los hombres no piden ayuda. Como si el problema fuera
de comprensión. Como si con explicárselo bien se les quitara eso que llevan dentro
desde niños: que el dolor se aguanta, que las lágrimas son para otro lado, que la
fortaleza no se negocia.
Eso ya es una losa, pero un policía hombre carga además con otra: porque en los
cuerpos hay una cultura del aguante que no es accidental. Es funcional. Aguantar
salva vidas en el momento del servicio. El problema es que esa misma cultura no se
queda en el turno. Se mete en casa, en la cama, en la cabeza a las tres de la mañana.
Y entonces la fortaleza, que era una herramienta, se convierte en una trampa.
A los custodios que acompaño llevan años sin decirle a nadie que algo no iba bien, no
porque no tuvieran palabras, sino porque habían aprendido, muy pronto y muy bien,
que tener palabras para eso era señal de flaqueza. Que un policía que sufre en voz
alta deja de ser lo que se supone que tiene que ser.
¿Y qué se supone que tiene que ser? Fuerte. Siempre. Incondicionalmente.
Ahí está la trampa, porque la fortaleza sostenida sin descanso no es virtud, es
agotamiento con buena prensa y el día que algo se rompe (un episodio de violencia,
una baja, una pérdida, un momento en que el cuerpo dice basta) ese hombre no tiene
ningún lenguaje para nombrarlo. No porque sea débil, sino porque nadie le enseñó que
derrumbarse también es parte del oficio de ser humano.
Los hombres no lloran. Los policías tampoco. Eso es lo que dice la norma no escrita.
Y yo me pregunto: ¿Cuánto silencio cabe en esa frase?
He visto lo que pasa cuando el silencio gana, y no es que el hombre se rompa de golpe,
visible, con estruendo. Es que se va apagando despacio, sin que nadie lo note, porque
él mismo se ha encargado de que no se note, porque le entrenaron para eso.
Si estás leyendo esto y tienes un compañero que últimamente está más hermético,
más áspero, más "todo bien" de lo habitual: no esperes a que pida ayuda. No la va a
pedir. No porque no la necesite, sino porque no sabe cómo, y además, nadie en su
vida le ha demostrado todavía que pedirla no le va a costar la única identidad que
tiene.
Pregunta. Insiste un poco. Siéntate con él aunque no hable.
Los hombres no lloran, pero a veces, si hay alguien al lado que no sale corriendo,
aprenden.
del Interior: 81,4% en la Policía Nacional, más del 90% en la Guardia Civil. No lo digo
para hacer estadística. Lo digo porque cuando hablamos de salud mental en los
cuerpos policiales, estamos hablando, en su inmensa mayoría, de hombres. Y eso
cambia todo.
Junio es el mes de la salud mental masculina. Hay campañas, hay hashtags, hay
artículos que explican por qué los hombres no piden ayuda. Como si el problema fuera
de comprensión. Como si con explicárselo bien se les quitara eso que llevan dentro
desde niños: que el dolor se aguanta, que las lágrimas son para otro lado, que la
fortaleza no se negocia.
Eso ya es una losa, pero un policía hombre carga además con otra: porque en los
cuerpos hay una cultura del aguante que no es accidental. Es funcional. Aguantar
salva vidas en el momento del servicio. El problema es que esa misma cultura no se
queda en el turno. Se mete en casa, en la cama, en la cabeza a las tres de la mañana.
Y entonces la fortaleza, que era una herramienta, se convierte en una trampa.
A los custodios que acompaño llevan años sin decirle a nadie que algo no iba bien, no
porque no tuvieran palabras, sino porque habían aprendido, muy pronto y muy bien,
que tener palabras para eso era señal de flaqueza. Que un policía que sufre en voz
alta deja de ser lo que se supone que tiene que ser.
¿Y qué se supone que tiene que ser? Fuerte. Siempre. Incondicionalmente.
Ahí está la trampa, porque la fortaleza sostenida sin descanso no es virtud, es
agotamiento con buena prensa y el día que algo se rompe (un episodio de violencia,
una baja, una pérdida, un momento en que el cuerpo dice basta) ese hombre no tiene
ningún lenguaje para nombrarlo. No porque sea débil, sino porque nadie le enseñó que
derrumbarse también es parte del oficio de ser humano.
Los hombres no lloran. Los policías tampoco. Eso es lo que dice la norma no escrita.
Y yo me pregunto: ¿Cuánto silencio cabe en esa frase?
He visto lo que pasa cuando el silencio gana, y no es que el hombre se rompa de golpe,
visible, con estruendo. Es que se va apagando despacio, sin que nadie lo note, porque
él mismo se ha encargado de que no se note, porque le entrenaron para eso.
Si estás leyendo esto y tienes un compañero que últimamente está más hermético,
más áspero, más "todo bien" de lo habitual: no esperes a que pida ayuda. No la va a
pedir. No porque no la necesite, sino porque no sabe cómo, y además, nadie en su
vida le ha demostrado todavía que pedirla no le va a costar la única identidad que
tiene.
Pregunta. Insiste un poco. Siéntate con él aunque no hable.
Los hombres no lloran, pero a veces, si hay alguien al lado que no sale corriendo,
aprenden.