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No tienes que disculparte conmigo.
Lo que cinco años investigando violencia de género me enseñaron sobre aquello que nunca llega a reflejarse en un atestado.
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Lo que no sale en el atestado
Durante cinco años formé parte de un grupo especializado en violencia de género. Cinco años en los que tuve la oportunidad —y también la responsabilidad— de conocer de cerca historias que difícilmente caben en un atestado.
Nuestro trabajo consistía en recopilar los hechos sufridos por la mujer, investigarlos, determinar su posible relevancia penal, instruir los atestados y, cuando procedía, denunciar o detener al presunto autor.
Pero nuestro trabajo no terminaba ahí.
También teníamos que garantizar, dentro de nuestras competencias, la seguridad de la víctima hasta la comparecencia judicial, donde podían acordarse medidas cautelares y órdenes de protección o alejamiento.
Los agentes destinados en estas unidades terminábamos implicándonos mucho más de lo que aparece escrito en una diligencia.
Y es precisamente de eso de lo que quiero hablar.
De lo que no sale en el atestado.
Porque un atestado recoge hechos, declaraciones, diligencias e indicios. Pero detrás de cada uno de ellos hay una persona. Y comprender lo que esa persona está viviendo puede ser determinante para investigar correctamente, valorar el riesgo y protegerla.
La víctima no siempre se ve como víctima
Cuando pensamos en una mujer víctima de violencia de género, podemos imaginar que llega a una comisaría con las ideas claras: sabe que está siendo víctima, sabe quién es el responsable y sabe que debe marcharse.
La realidad suele ser mucho más compleja.
Muchas mujeres no se perciben a sí mismas como víctimas. Pueden sentirse responsables de que la relación haya fracasado.
«Quizá si hubiera hecho las cosas de otra manera.»
«Quizá si no le hubiera provocado.»
«Él no es así siempre.»
«Cuando está bien, es una buena persona.»
Desde fuera puede resultar difícil comprender que una mujer pueda tener miedo de un hombre y, al mismo tiempo, seguir queriéndolo.
Pero esa contradicción existe.
La relación no está formada únicamente por los episodios violentos que aparecen en una denuncia. También están los momentos buenos, las disculpas, las promesas de cambio, los hijos, los años compartidos, la dependencia económica, la vergüenza, el aislamiento y la esperanza de que aquella persona vuelva a ser quien era.
Por eso, ante la pregunta «¿por qué no se va?», la respuesta nunca debería reducirse a una sola explicación.
Puede haber dependencia económica.
Puede existir aislamiento.
Puede existir un miedo real a las consecuencias de abandonar la relación.
Y puede existir una profunda contradicción emocional: querer a la persona que también le hace daño.
La denuncia empieza mucho antes de entrar en una comisaría
La denuncia no comienza el día que una mujer cruza la puerta de una dependencia policial.
En muchas ocasiones empieza mucho antes.
Empieza cuando deja de contar determinadas cosas a su familia para evitar preguntas.
Cuando cambia su comportamiento para no provocar una discusión.
Cuando deja de quedar con determinadas personas.
Cuando aprende a interpretar el sonido de unas llaves en la puerta.
Cuando sabe, por la forma de cerrar un cajón o de caminar por el pasillo, qué estado de ánimo tiene su pareja.
Cuando empieza a pensar en cómo salir de casa antes incluso de haber tomado la decisión de marcharse.
La violencia puede ir ocupando espacio progresivamente hasta conseguir que conductas que al principio parecían inaceptables terminen formando parte de la normalidad cotidiana.
Por eso debemos ser especialmente cuidadosos a la hora de juzgar cuánto ha tardado una víctima en denunciar.
No conocemos los años que han precedido a ese momento.
Solo conocemos el día en que decidió entrar por nuestra puerta.
Cuando la memoria no encaja con nuestras expectativas
Hay otro aspecto que, desde el punto de vista policial, considero especialmente importante.
Una víctima puede llorar.
Pero también puede no llorar.
Puede recordar perfectamente una amenaza y no ser capaz de precisar el día exacto en que ocurrió.
Puede contar los hechos de manera desordenada.
Puede olvidar detalles.
Puede corregirse.
Puede minimizar determinados episodios.
Incluso puede defender al hombre al que acaba de denunciar.
Nada de esto permite, por sí solo, concluir que está diciendo la verdad o que está mintiendo.
El trabajo policial consiste precisamente en investigar, contrastar, comprobar y buscar elementos objetivos.
Pero también debemos conocer cómo puede afectar una experiencia traumática a la forma en que una persona recuerda y relata determinados acontecimientos.
Una narración fragmentada no debería convertirse automáticamente en una conclusión sobre la credibilidad de quien la realiza.
Hay que investigar la contradicción.
Hay que contextualizarla.
Hay que comprobar qué puede verificarse.
Y hay que distinguir entre una incoherencia relevante para la investigación y una forma de relato que puede estar condicionada por el miedo o el trauma.
Un buen investigador no deja de ser riguroso por escuchar con empatía.
Al contrario: escucha mejor para investigar mejor.
La hipervigilancia que no aparece en una diligencia
Hay comportamientos que rara vez aparecen en un atestado y, sin embargo, pueden decir mucho.
La mujer que duerme con el teléfono en la mano.
La que mira constantemente hacia la puerta.
La que se sobresalta cuando escucha unas llaves.
La que sabe interpretar el estado de ánimo de su pareja por cómo cierra una puerta.
La que pregunta varias veces qué ocurrirá después de denunciar.
La que necesita saber dónde estará el presunto autor.
La que, antes de comenzar a declarar, pregunta si él puede averiguar dónde se encuentra.
No son elementos que sustituyan a una prueba.
Pero son detalles que ayudan a comprender el contexto en el que se producen los hechos y, sobre todo, el estado de temor en el que puede encontrarse la víctima.
Los hijos
Hay una frase que he escuchado muchas veces:
«Por mis hijos aguanté.»
Y otra que puede decir la misma mujer:
«Por mis hijos me fui.»
Las dos pueden ser ciertas.
Los hijos pueden convertirse en una razón para permanecer y, al mismo tiempo, en el motivo definitivo para escapar.
Una madre puede pensar que mantiene unida la familia para protegerlos.
Puede sentirse culpable por haberlos expuesto a las discusiones.
Puede temer que denunciar a su padre les haga daño.
Y puede llegar un momento en que comprenda que permanecer en aquella situación también tiene consecuencias para ellos.
Cuando existen menores, la investigación adquiere además una dimensión especialmente delicada. No solo importa lo que la víctima ha sufrido directamente, sino también qué han podido presenciar, escuchar o vivir los hijos.
Es información que debe investigarse y documentarse con la precisión que corresponde.
Lo que no sale en el atestado
Durante aquellos años me impliqué al máximo con muchas de las mujeres a las que atendimos.
Recuerdo especialmente a aquellas que, después de denunciar, llegaban a sede judicial y decidían retirar la denuncia. En algunas ocasiones, el procedimiento terminaba archivándose.
Una de ellas se quedó grabada en mi memoria.
Yo había sido uno de los agentes actuantes el día de los hechos, ocurridos en el domicilio familiar. Tiempo después, me reconoció en sede judicial.
Se acercó acompañada de su abogado de oficio y me pidió disculpas por haber retirado la denuncia.
La escuché y, con tranquilidad, le respondí:
—No tienes nada que disculparte conmigo.
No tenía nada que perdonarle.
Mi obligación como policía era intervenir cuando se producían unos hechos, investigarlos y adoptar las medidas de protección que correspondieran.
Si volvía a ocurrir, volvería a hacer exactamente lo mismo.
Las veces que fuera necesario.
Yo no podía decidir por ella.
No podía obligarla a separarse.
No podía recorrer en su lugar el camino que tenía por delante.
Pero sí podía hacer mi trabajo.
Y hacerlo bien.
Mi obsesión: que el atestado hablara
Durante aquellos años llegué a tener una verdadera obsesión con los atestados.
No por una cuestión meramente burocrática.
Sabía que, cuando nosotros termináramos nuestra intervención, aquel documento iba a continuar su recorrido sin nosotros.
Iba a ser leído por personas que no habían estado en aquel domicilio.
Que no habían visto el miedo de aquella mujer.
Que no habían escuchado directamente cómo relataba los hechos.
Que no habían observado su comportamiento durante la denuncia.
Por eso quería que el atestado hablara.
Quería que permitiera reconstruir la situación con la mayor precisión posible.
Que recogiera los episodios de violencia, las amenazas, el control, los antecedentes relevantes y la dinámica que se había generado dentro del domicilio familiar.
Y cuando los hechos habían ocurrido delante de los hijos menores, quería que esa circunstancia quedara perfectamente documentada.
Revisaba una y otra vez cada atestado.
Comprobaba que no faltara un dato, una manifestación, un indicio, una diligencia.
Intentaba encontrar aquello que pudiera haberse quedado fuera y que después pudiera resultar relevante para la investigación, la valoración del riesgo o la adopción de medidas de protección.
Aplicaba la legislación vigente con contundencia, pero también con la responsabilidad de saber que detrás de cada diligencia había una persona.
Y había un objetivo que para mí tenía una importancia especial: conseguir, cuando legalmente procediera y existieran elementos suficientes, las medidas de protección necesarias para mantener a aquella mujer alejada de su presunto agresor.
Una orden de alejamiento no era para nosotros simplemente una resolución judicial.
Era distancia.
Era tiempo.
Era un margen de seguridad.
Era la posibilidad de que una mujer pudiera cerrar la puerta de su casa sin preguntarse si él iba a volver.
Era poder dormir sin el teléfono en la mano.
Era evitar que sus hijos tuvieran que volver a presenciar una escena de violencia.
Era crear un espacio en el que pudiera empezar a recuperar el control de su vida.
Y entonces podía ocurrir lo que más nos costaba entender
Después de horas de trabajo, de recoger declaraciones, buscar indicios, reconstruir los hechos y elaborar un atestado que intentábamos que no dejara nada importante fuera, podía llegar la retirada de la denuncia.
La mujer podía cambiar su versión.
Podía minimizar lo ocurrido.
Podía decir que había exagerado.
Podía volver con él.
Y el procedimiento podía terminar archivándose en determinadas circunstancias.
Para un policía que se había implicado personalmente en aquella investigación, era difícil no sentir frustración.
Pero con el tiempo aprendí algo fundamental:
la víctima no nos debe el resultado de nuestro trabajo.
No nos debe una condena.
No nos debe una separación.
No nos debe mantener una decisión que tomó en un momento determinado.
Nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo con independencia de cuál sea su decisión posterior.
Porque la protección no puede depender de que la víctima se comporte como nosotros esperamos que se comporte una víctima.
Una retirada de denuncia no borra necesariamente lo ocurrido.
Que una mujer vuelva con su pareja no significa que nunca haya tenido miedo.
Que lo defienda no permite concluir, por sí solo, que los hechos denunciados no hayan sucedido.
Y que mañana vuelva a pedir ayuda no convierte en inútil lo que hicimos hoy.
El detalle que cambia la mirada
Por eso, cuando redactamos un atestado, no deberíamos conformarnos con escribir:
«La víctima manifiesta haber sufrido maltrato psicológico durante varios años.»
Es correcto, pero probablemente no cuenta toda la historia.
La historia puede estar en los detalles.
En el teléfono que duerme junto a ella porque teme no poder pedir ayuda.
En el bolso que mantiene preparado por si tiene que salir de casa rápidamente.
En la vecina que baja el volumen de la televisión cuando escucha gritos al otro lado de la pared.
En la mujer que, antes de sentarse, pregunta si el presunto autor sabe que está allí.
En la que mira el teléfono cada pocos minutos.
En la que, después de contar una amenaza, pregunta:
«¿Pero ustedes creen que de verdad lo hará?»
Esos detalles no sustituyen la investigación.
La hacen más completa.
El policía tiene que investigar. Tiene que contrastar. Tiene que buscar pruebas. Tiene que documentar. Tiene que mantener la objetividad y aplicar la ley.
Pero también tiene que saber mirar.
Porque una víctima puede no comportarse como nosotros esperamos.
Puede volver con su agresor.
Puede retirar una denuncia.
Puede minimizar los hechos.
Puede contradecirse.
Puede seguir queriéndolo.
Puede tener miedo de que lo detengamos.
Puede pedirnos que no hagamos aquello que, desde fuera, creemos que debería pedir.
Nada de eso elimina nuestra obligación de investigar.
Y nada de eso debería hacernos olvidar que detrás de cada diligencia hay una persona que probablemente lleva mucho tiempo intentando sobrevivir a una situación que nosotros acabamos de conocer.
El atestado termina.
La investigación termina.
El procedimiento judicial seguirá su curso.
Pero la historia de aquella mujer no termina cuando firmamos la última diligencia.
Por eso, después de cinco años trabajando en una unidad especializada, sigo pensando que hay una pregunta que todo agente debería hacerse cuando termina de redactar un atestado:
¿He conseguido dejar escrito todo aquello que alguien que no estuvo allí necesita saber para comprender lo que esta mujer estaba viviendo?
Porque hay cosas que no caben fácilmente en una diligencia.
Pero que pueden explicar absolutamente todo.
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