PARA HABLAR DE UN POLICÍA, ANTES PONTE SUS BOTAS.
¿SERÍAS CAPAZ DE PONERTE EN SUS BOTAS?
Existe la extraña percepción de que están hechos de otra pasta, en cierta manera así es, ellos corren hacia el peligro mientras tú huyes de él.
Ellos se enfrentan a la violencia corriendo el riesgo de que algo salga mal y trunque su propia vida, mientras tú lo estás viendo en la televisión o grabándolo con tu móvil, opinando sin tener ni idea de qué es una intervención y lo qué significa decidir en milésimas de segundos que es lo más adecuado para minimizar el riesgo.
Mientras alguien graba con el móvil y opina sin haber decidido nunca nada en una milésima de segundo, hay un compañero que sí lo ha hecho: ha calculado en un parpadeo el riesgo de actuar, el riesgo de no hacerlo, el riesgo de equivocarse delante de una cámara que no entiende de matices. Ahí está la diferencia entre mirar el peligro y correr hacia él.
Existe la fantasía cómoda de qué están hechos de otra pasta. Y en parte es verdad: corren cuando los demás huyen, pero esa pasta también se agrieta, también sangra. He visto a compañeros mirar el techo de un vestuario a las tres de la madrugada pensando que ya no queda nada que sostenga tanto peso, y sonreír media hora después porque toca turno y el turno no espera.
Entonces llega el hashtag, llega la frase bonita, el lazo negro, … Después, silencio otra vez. El protocolo vuelve al cajón y todo regresa a territorio sin explorar, hasta el siguiente número de placa que sale en las noticias.
La salud mental de quienes nos protegen no puede vivir solo en una etiqueta. Que un caso llegue a la prensa no debería ser la condición para acordarnos de que detrás del uniforme hay una persona que tiembla igual que tú, que se rompe igual que tú, que necesitaría las mismas palabras que cualquiera en su peor noche.
Esto no lo arregla una publicación. Lo arregla una cultura distinta: una jefatura que deje de mirar para otro lado, un sindicato que pelee también por lo invisible y no solo por las condiciones materiales o cuando ya no hay remedio, una academia que enseñe desde el primer día que pedir ayuda no es debilidad sino parte del oficio. En resumen: PREVENCIÓN.
Autocuidado, regulación emocional, espacios seguros: son palabras que seguirán sonando a teoría barata mientras sigan siendo un cartel en un pasillo y no una sala donde alguien pueda sentarse sin uniforme ni máscara, mientras sigan siendo papel mojado en un cajón que nadie ha abierto.
Si de verdad les importa las vidas que hay detrás del uniforme, demuéstrenlo donde no se ve: en los presupuestos, en los horarios, en la formación. Lo demás es postureo, y el postureo nunca ha salvado a nadie.
Yo seguiré poniéndome en sus botas, aunque me duelan los pies. Porque alguien tiene que recordarlo cuando se apaguen las pantallas y se acabe el hashtag: detrás de cada intervención hay una persona, y esa persona también necesita que alguien se ponga, alguna vez, en las suyas.