Con cada imagen que aparece en televisión siento que también arde una parte de mi memoria. Así como arde en nosotros el recuerdo desde finales de los años ochenta, cuando se creó la Academia del Cuerpo Nacional de Policía.
Cuando llegamos, Ávila era simplemente el lugar donde íbamos a estudiar, a prepararnos. Llegamos con una maleta cargada de ilusiones y un futuro completamente desconocido, mientras ascendíamos a lo que sería nuestro nuevo hogar.
Aquel primer día mirábamos a un lado y a otro buscando un rostro familiar, alguien conocido. No lo encontramos. Solo había desconocidos que cargaban sin saberlo, con las mismas inquietudes que la persona que tenían a su lado. Daba igual de dónde vinieran, de qué ciudad fuera su origen, del pueblo en el que hubiera nacido, cada uno comenzaba una nueva vida junto a más de mil desconocidos. Todos compartíamos los mismos nervios y la misma ilusión. Aquellos de los que en ese instante no conocíamos su nombre ni de dónde eran, acabarían convirtiéndose en hermanos de armas para toda la vida.
Entre aquellas paredes aprendimos procedimientos, leyes y técnicas policiales. La gran mayoría cogimos un arma por primera vez. Nos pusimos un uniforme. Pero lo más importante nunca apareció en ningún temario. Aprendimos que el compañerismo no se explica: se vive. Se construye en las madrugadas de estudio, en los nervios antes de un examen, en el café a las dos de la madrugada, en el cansancio compartido tras una jornada de instrucción y en las risas que hacían más llevaderos los días difíciles.
La Academia nos enseñó a ser policías. Ávila nos enseñó a ser compañeros.
Recuerdo los fines de semana, cuando el permiso de salida sabía a libertad y recorríamos sus calles empedradas buscando algo tan sencillo como una conversación sin uniforme de por medio. Recuerdo también los inviernos, ese frío durante las prácticas al raso, con cinco centímetros de nieve y cómo ese mismo frío, paradójicamente, nos unía más que cualquier otra cosa. Quien ha pasado guardia en Ávila sabe que allí se templa el carácter tanto como se forma el criterio.
Los fines de semana descubríamos una provincia que muchos ni siquiera conocían. Caminábamos por sus senderos, recorríamos sus pueblos, nos sentábamos bajo la sombra de aquellos árboles a hablar de un futuro que entonces parecía infinito. Sin saberlo, también estábamos echando raíces.
Cada rincón tenía su historia y, sin darnos cuenta, empezó a tener también la nuestra. El Valle del Tiétar, la Sierra de Gredos, los pinares que bordeaban las rutas: todo eso dejó de ser paisaje ajeno para convertirse en parte de nuestra propia biografía. Allí hicimos promesas que aún hoy cumplimos, allí nacieron vocaciones que se sostienen treinta años después, y allí, para algunos, empezó también una historia de amor que continúa escribiéndose.
Por eso, al contemplar hoy las imágenes del incendio, siento que el fuego no solo consume montes. También alcanza una parte de nuestra memoria. Arrasa los paisajes que guardábamos intactos en el recuerdo, aquellos lugares donde nacieron amistades, promesas, proyectos de vida e incluso historias de amor.
Pienso en ese banco desde el que un día miré el horizonte imaginando la profesión que soñaba ejercer, acompañada por alguien que aún hoy sigue caminando a mi lado. Quizá el banco ya no exista. Quizá muchos rincones nunca vuelvan a ser iguales. Pero los recuerdos que nacieron allí permanecen intactos, porque el fuego puede destruir la madera de un banco, pero nunca aquello que vivimos sobre él.
Pienso también en los vecinos de esos pueblos que un día nos abrieron sus puertas sin conocernos, que nos vendían el pan por las mañanas un sábado o nos indicaban el camino cuando nos perdíamos en nuestras primeras salidas. Ellos son hoy quienes ven arder sus casas, sus tierras de labor, el ganado y el trabajo de generaciones enteras. A ellos también les debemos memoria, porque sin saberlo, formaron parte de nuestra formación como personas y como agentes.
Cuando nos fuimos, descubrimos que Ávila ya formaba parte de nuestra historia. Aquella despedida no era un final. Era el comienzo de caminos distintos. A muchos nunca volveríamos a ver. Los destinos, los ascensos, la familia y, por desgracia, la muerte, acabarían separándonos demasiado pronto.
Sé que cuando volvamos a reunirnos para celebrar una nueva década de nuestra promoción, el paisaje habrá cambiado. Las cicatrices del incendio seguirán visibles y muchos vecinos tardarán años en recuperar lo perdido. Sin embargo, también sé que encontraremos la misma dignidad, la misma fortaleza y la misma hospitalidad con la que Ávila nos recibió siendo apenas unos jóvenes.
Los policías conocemos bien el significado de empezar de nuevo. Lo vemos en las víctimas que reconstruyen su vida después del dolor, en los compañeros que se levantan tras los momentos más difíciles y en las ciudades que encuentran la forma de renacer cuando todo parece perdido.
Estoy convencida de que Ávila y todos sus alrededores también lo harán.
Porque si algo aprendimos allí es que la verdadera fortaleza no consiste en no caer,y los policías sabemos, mejor que nadie, que levantarse también forma parte del servicio.
Las llamas habrán ennegrecido sus montes, quemado esos árboles centenarios, atravesado las rocas con el fuego para despojar de hierba un prado en el que un día hubo ramilletes de margaritas, pero jamás podrán borrar lo que aquella tierra sembró en miles de hombres y mujeres que un día llegaron con una maleta llena de sueños y salieron convertidos en policías.
Hoy es Ávila quien necesita nuestro recuerdo, nuestro apoyo y nuestra esperanza. Ávila no está sola. Este verano el fuego ha golpeado también a otros muchos rincones de España. A todos ellos, a quienes han perdido su casa, sus campos o parte de su historia, va también este recuerdo.
A todas ellas, a quienes las habitan y a quienes hoy trabajan sin descanso para contener el fuego, va también mi recuerdo, y seguramente el de todos los policías que vivieron casi un año en esa ciudad, llorando, amando y llenos de dudas.
Todos los policías recordamos un lugar donde aprendimos a ejercer la profesión. Pero, con el tiempo, comprendemos que aquellos lugares hicieron algo más importante: nos enseñaron quiénes íbamos a ser. Por eso duele ver arder miles y miles de hectáreas, cuando en sus senderos también creció una parte de nosotros.
Y por eso estoy convencida de que, igual que un día nos enseñó a levantarnos, Ávila volverá a hacerlo.
Por cada rincón de España en el que hay una llama, solo quiero dejar una palabra: esperanza.
Yolanda Trancho- Policía nacional jubilada y escritora.

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