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Publicado el 21/10/2026

La niña que saltó por encima de los muertos

Recuerdos de un pasado.

La niña que saltó por encima de los muertos
Autor de la imagen: El Cofindencial
Yolanda Trancho
Colaborador Yolanda Trancho
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Han pasado quince años desde que ETA dejó las armas. Más de cuarenta se los pasó matando, extorsionando y secuestrando, sembró el miedo en España, y aun así hoy no voy a hablar de todas sus víctimas. Voy a contar una sola historia, que pudiera ser cualquiera, pero que es la primera: la de la cafetería Rolando, en la calle del Correo, a un paso de la Puerta del Sol de Madrid.

Pegada al local estaba la Dirección General de Seguridad, y por allí pasaban los policías a desayunar, a comer o a tomar algo entre turno y turno. Los terroristas lo sabían. Lo que no quisieron saber, o no les importó, es que a esa misma hora también se sentaban a la mesa familias enteras, camareros, vecinos, gente corriente con un plato de cocido por delante. No atentaban contra nadie en particular. Por primera vez, atentaban contra cualquiera.

Era el viernes 13 de septiembre de 1974.

Ana tenía tan pocos años que se podían contar con los dedos de una mano. Aquel día iba con sus padres y sus hermanos a comer a un restaurante, quizá celebraban algo, quizá no. Llevaba coletas, un vestido de cuadritos y unos zapatos de charol que relucían sobre el suelo claro. Cruzó el comedor de la mano de su madre, entre clientes sentados, y al ver la sonrisa de su padre, vergonzosa como era, bajó la cabeza.

Un camarero los guió con amabilidad hasta una sala apartada, tras una pared que los separaba del bullicio. Ana se alisó la falda por detrás, se sentó junto a su madre y esperó como esperaban entonces los niños, sin carta ni menú infantil, mientras su padre pedía. Llegaron la jarra de agua y los cubiertos. Iba a ser cocido madrileño. Iba a ser un día largo; se lo habían prometido, y quizá ella reía cuando trajeron la sopera y el caldo empezó a humear en el plato.

Luego, el ruido. Le taponó los oídos, el polvo se metió por todos los rincones, las risas se volvieron gritos, llantos, súplicas de ayuda, y Ana, sin entender nada, buscó a su madre y le vio la cara gris, igual que la ropa. Habían salido despedidos junto a las sillas. Fue casualidad que aquella pared que los separaba del resto del local no se viniera abajo sobre ellos. Se mantuvo en pie. Les salvó la vida.

En la penumbra de aquel lugar destruido, sus padres se buscaron y comprobaron que los niños estaban ilesos. Se dieron la mano; en fila india tendrían que salir del local. Entonces Ana oyó la voz de su madre, firme y rota a la vez:

—No mires. Salta a este hombre. No mires. Salta a esta mujer.

Con los zapatos de charol ya sin brillo, intentó pasar por encima de los cuerpos que no se movían. Tenía el vestido manchado y pensó que podían reñirle.

—Salta a este hombre, Ana. Date prisa.

Fue el último cuerpo bajo sus pies. Después, el cielo abierto, hombres de uniforme que daban órdenes que ella no entendía, un —váyanse de aquí, rápido— y la mano de su madre apretándola hasta doler. Su padre iba delante, con los dos hermanos de la mano, corriendo sin saber hacia dónde. Ana tuvo miedo de girar la cabeza y de que aquello se le quedara grabado para siempre. Giró. Cristales rotos, heridos que salían tambaleándose, gente llorando sentada en el suelo, humo negro, polvo blanco, personas convertidas en estatuas. Y las sirenas.

Esa imagen no se ha ido. Han pasado cincuenta y dos años y Ana, que ya roza los sesenta, sigue cargando con un dolor que no hace ruido, el que se queda a vivir en el cuerpo de una niña y crece con ella. Quizá sea el olor del caldo caliente, un estruendo cualquiera en la calle, una pared demasiado cerca; no hace falta mucho para que su cuerpo regrese a aquel suelo cubierto de polvo. Y quizá, además, esa pregunta que no cesa y que no tiene respuesta: por qué la pared aguantó para ellos y no para los demás. Cada septiembre vuelve a nacer, porque aquel día volvió a nacer, pero se nace distinto cuando se ha pisado lo que ella pisó.

Nadie reivindicó aquella matanza. En otras ocasiones sí lo hicieron, presumiendo de valientes, y esa es una contradicción que nunca he entendido: quien se cree héroe firma su obra. Aquí callaron. Los muy valientes huyeron del lugar y tardaron cuarenta y cuatro años en poner su nombre a lo que habían hecho, hasta que en 2018 admitieron la autoría. Eso no es discreción, es vergüenza. La vergüenza de saberse asesinos de camareros, de madres, de niños con coletas. Porque poner una bomba o disparar por la espalda nunca ha sido de valientes, y eso es lo que son: cobardes.

Trece personas murieron aquel día y en los siguientes, y más de setenta resultaron heridas. De todos ellos, solo uno pertenecía a la policía, que era el supuesto objetivo. Los demás eran civiles que tenían como único pecado haberse sentado a comer.

Uno de los autores vive hoy en el País Vasco francés y es abuelo. ¿Sabrán sus nietos que quien los sienta en sus rodillas fue el asesino de trece personas? Ana se lo pregunta cada día.

Su madre le susurró aquella tarde: —No mires—. Medio siglo después, a los demás nos toca lo contrario. Mirar, nombrar y recordar. Trece nombres, una niña que aprendió a saltar sobre lo que ningún niño debería pisar y una pared que, por una vez, no cayó. Ni un solo motivo para el olvido.

 

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