UNIDOS SOMOS MÁS FUERTES
Donar
Periódico Policial
ÚLTIMA HORA
Paco Puertas: “Sobreviví al terrorismo, pero el silencio me acompañó durante cuarenta años”

Paco Puertas: “Sobreviví al terrorismo, pero el silencio me acompañó durante cuarenta años”

Destinado en el País Vasco durante los años de plomo, el Policía Nacional Paco Puertas comparte en Diario Blue el relato de una vida marcada por el terrorismo, la pérdida de compañeros y amigos, las heridas invisibles que arrastró durante décadas y el compromiso de preservar la memoria para que aquella historia jamás caiga en el olvido.


Audio de la noticia Escuchar noticia
Compartir WhatsApp X Telegram

Bienvenidos a Diario Blue.

Cada uniforme guarda una historia. Algunas están marcadas por el servicio diario, por las guardias, las intervenciones y el compromiso con los ciudadanos. Otras, además, quedan atravesadas por algunos de los episodios más difíciles de la historia reciente de nuestro país. Nuestro invitado de hoy pertenece a esa generación de policías que comenzó su carrera profesional en una España muy distinta a la actual, en una época de profundos cambios sociales, políticos e institucionales, donde ejercer la profesión suponía asumir riesgos que marcarían para siempre la vida de quienes los vivieron.

Ingresó en la Academia General de la Policía Armada en abril de 1977 siendo muy joven. Sin embargo, el recuerdo que conserva de aquella etapa no es el de un auténtico centro de formación policial. Según explica, aquello se parecía mucho más a un Centro de Instrucción de Reclutas que a una academia donde realmente se preparara a futuros policías. Aun así, aquel fue el comienzo de una carrera profesional que se prolongaría durante décadas y en la que desempeñó prácticamente todos los servicios propios de un policía de la escala básica.

Tras finalizar su formación, fue destinado al País Vasco, donde permaneció cinco años y medio, entre 1977 y 1982. Eran los años que posteriormente serían conocidos como los “años de plomo”, uno de los periodos más sangrientos del terrorismo en España. Allí, con apenas veintitrés años, dejó de ser aquel joven que acababa de incorporarse a la Policía para enfrentarse a una realidad que cambiaría para siempre su manera de entender la vida.

Fue testigo directo de la violencia, del odio y de la peor cara del ser humano. Pero, sobre todo, vivió el dolor de ver cómo personas muy cercanas iban cayendo asesinadas. No habla únicamente de compañeros de trabajo; habla de amigos. Personas con las que compartía el día a día, la profesión y una etapa de sus vidas que terminó marcada por el terrorismo.

Aquellas vivencias permanecieron durante años ocultas en un rincón de su memoria. Cuando fue destinado posteriormente a su provincia, Málaga, todo aquello que había soportado durante más de cinco años terminó aflorando de golpe. Como él mismo explica, fue como si una enorme roca cayera sobre él. El impacto emocional fue tan intenso que el jefe de los Servicios Médicos de Málaga decidió enviarlo a su domicilio durante tres meses para recuperarse.

A partir de ese momento optó por el silencio. Nunca volvió a hablar de todo lo que había vivido. Ni con sus compañeros, ni con sus amigos, ni siquiera con su propia familia. Su cerebro bloqueó aquellos recuerdos como un mecanismo de protección, manteniéndolos ocultos durante décadas.

No sería hasta los meses de la pandemia cuando ese silencio comenzó a romperse. Durante el confinamiento, las largas conversaciones mantenidas con su hijo, también policía nacional, fueron sacando poco a poco a la luz unos recuerdos que habían permanecido enterrados durante casi cuarenta años. Fue precisamente él quien le animó a escribir un libro con un objetivo muy claro: aportar su pequeño testimonio para que todo lo ocurrido durante aquellos años no cayera jamás en el olvido.

Aunque ese episodio marcó profundamente su vida, su trayectoria profesional continuó desarrollándose con absoluta dedicación al servicio público. Durante sus últimos años estuvo destinado en la Comisaría Local de Fuengirola, en Málaga, donde desempeñó diferentes funciones operativas. Pasó por el servicio de radiopatrullas (091), la Inspección de Guardia, volvió años después a ese mismo servicio cuando ya recibía el nombre de Oficina de Denuncias, trabajó en Policía Judicial dentro del ámbito de la delincuencia urbana, se especializó en Policía Científica y, antes de su jubilación, asumió la instrucción de expedientes de averiguación de causas de aquellos compañeros que habían sufrido lesiones en acto de servicio.

Él mismo resta importancia a este recorrido profesional, afirmando que no hizo nada diferente a lo que realizan miles de policías en toda España. Sin embargo, esa sencillez es precisamente una de las características que mejor definen su manera de entender la profesión.

Paralelamente a su labor policial, también tuvo un importante compromiso con el movimiento sindical dentro de la Policía. Formó parte de él desde la clandestinidad, mucho antes de que los sindicatos fueran legalizados en 1984. Fueron años intensos que compatibilizó con su trabajo diario y durante los cuales pagó un elevado precio por defender aquello en lo que creía. Como consecuencia de su actividad sindical acumuló cinco expedientes disciplinarios relacionados con esa labor y llegó a afrontar tres querellas criminales promovidas por mandos policiales.

Con el paso del tiempo, aquella ilusión inicial fue desapareciendo. Según explica, el proyecto en el que había depositado tantos esfuerzos dejó de ser el movimiento sindical por el que tanto había luchado. La aparición de personas con intereses muy distintos a los que originalmente inspiraban aquel proyecto terminó provocando su dimisión de todos los cargos que ocupaba.

Reconoce igualmente que existe una etapa de su carrera profesional de la que no se siente especialmente orgulloso, aunque también afirma que le sirvió como aprendizaje para no volver a repetir determinados errores. Se refiere a los cuatro años durante los que fue vocal del Consejo de Policía representando a la escala básica, una responsabilidad que, según sus propias palabras, acabó convirtiéndose en los peores cuatro años de toda su carrera profesional.

A pesar de todos esos años de servicio, de las responsabilidades asumidas y de las diferentes especialidades en las que trabajó, cuando recuerda su trayectoria no lo hace pensando en ascensos, reconocimientos o destinos. Lo hace recordando a las personas que perdió, el peso del silencio que cargó durante décadas y la necesidad de que las nuevas generaciones conozcan una parte de la historia que nunca debería desaparecer de la memoria colectiva.

Porque, en ocasiones, las heridas más profundas no son las que dejan cicatrices visibles. Son aquellas que permanecen ocultas durante años hasta que, un día, encuentran la forma de salir a la luz.

Hoy, en Diario Blue, conocemos la historia de un policía que vivió algunos de los momentos más difíciles de la historia reciente de España, que guardó silencio durante décadas y que finalmente decidió escribir para que el recuerdo de quienes ya no están continúe vivo.


Diario Blue. PREGUNTAS 


Diario Blue: Ingresaste en la Policía Armada en abril de 1977 siendo muy joven. Si cierras los ojos y vuelves a aquel momento, ¿qué sueños, ilusiones y expectativas tenía aquel joven que acababa de vestir el uniforme por primera vez?

Paco Puertas: Como la mayoría de los jóvenes de aquella época, ingresamos en la policía buscando una estabilidad económica. España, como el resto de Europa, atravesaba una durísima recesión económica causada por la brutal subida del petróleo. Ese joven, una vez aprobada la «oposición», eran muchas las expectativas que se creó, como la de poder ascender (por ejemplo), que me lo frustraron; conseguir una plaza en mi ciudad de origen, en un futuro aún incierto por la situación que atravesaba el país; tratar de salir con vida del avispero en el que se había convertido España (que no era poco pedir); crear una familia; poner mi granito de arena para tratar de cambiar la asfixiante situación interna que vivía la policía por aquella época, en la que nuestros superiores, salvo excepciones, nos trataban como meros reclutas, sobre todo a los que componíamos la escala básica.


Diario Blue: Has contado que la Academia General de la Policía Armada te decepcionó porque se parecía más a un centro de instrucción militar que a una auténtica escuela de formación policial. ¿Qué crees que faltaba entonces para preparar realmente a quienes iban a enfrentarse a una profesión tan exigente?

Paco Puertas: Faltaba, por razones evidentes, el motivo para el que se crea un centro de formación: «formar», y eso es precisamente lo que no se hacía. Aprendí mucho más durante el tiempo que estuve en el CIR (Centro de Internamiento de Reclutas), durante la «mili», de donde salí con destino a un cuartel con la documentación que me acreditaba para el ascenso a cabo del Ejército de Tierra. En la Academia General de la Policía Armada, perdimos el tiempo en labores de cocina, recogida y lavado de platos todos los días, limpieza diaria del acuartelamiento, limpieza con cepillos, a fondo y a diario, de las duchas y de los retretes, imaginarias, guardias (paradójicamente, tenían la desfachatez de que hiciéramos las guardias custodiando el cuartel, sin munición, con lo que estaba cayendo en esa época, con más de 8 grupos de terroristas activos y matando; un desprecio absoluto por nuestras vidas por parte de nuestros superiores). En total, en tres meses de academia, como horas lectivas tendría aproximadamente unos 15 días, por 8 horas diarias cada uno; el resto, los servicios que ya expongo. Es, al menos, mi experiencia personal. Estuve a punto de irme, y no lo hice por mis compañeros, que me animaron a continuar, y porque en la calle me esperaba la precariedad o la inmigración de nuevo.

Allí lo que ocurría no era disciplina, era otra cosa que prefiero no calificar, pero, bajo mi punto de vista, fue algo aciago, vergonzoso para un cuerpo policial…

Hay un matiz que me gustaría aclarar: había quienes tenían profesiones, como mecánicos, camareros, pintores, albañiles, electricistas, fontaneros, etc. Algunos fueron escogidos, en honor a la verdad, no todos; solo fueron unos pocos elegidos para reparar vehículos oficiales y, de paso, también de los jefes; reparar y/o pintar el cuartel y, de paso, también las casas de los oficiales; reparar tuberías de la academia y, de paso, también reformas en cuartos de baño de las casas de algún jefe; camareros que se pasaron toda la academia sirviendo cafés y bocadillos, y así todo. Hay compañeros a quienes no les gustará, pero no invento nada, fue tal cual. Esos pocos elegidos salieron con la acreditación de policía sin un solo día de clase; fueron eximidos y se les garantizó que serían policías como los demás. Como dice el aforismo, «favor con favor se paga».

A quienes realmente nos duele la policía, después de salir de ese centro de «deformación» policial, fuimos autodidactas y nos formamos casi sin ayuda y con muchos sacrificios. De esa saga de policías de finales de los años 70 y principios de los 80 salieron los futuros TEDAX, GEOS, patrulleros, especialistas de Policía Científica, como mi caso; UIPS, investigadores, inspecciones de guardia, etc., etc. Todo a base de mucho sacrificio y rechazándote demasiadas veces la petición de los escasos cursos que se convocaban para mejorar, porque o no le caías bien a tu jefe y preferían darle el curso a otro, o tú tenías que aprender con tus medios y con los apuntes que te facilitaba algún compañero. En mi caso, después de mucho pelear, conseguí alguno.

Teníamos mucho que arreglar en aquella época de lo que ocurría en la policía en lo que respecta a la formación.


Diario Blue: Con apenas 23 años fuiste testigo de una realidad que marcó tu vida para siempre. ¿En qué momento sentiste que habías perdido definitivamente la inocencia con la que comenzaste tu carrera policial?

Paco Puertas: Desde el primer momento en el que pisé el cuartel de la Policía Armada, vi cuatro caras del terror de ETA. La primera, nada más llegar, me presenté en el cuartel aún de paisano para conocer el lugar donde iba a prestar servicio en el futuro; me encontré con un compañero dando gritos, persiguiendo a un sargento con el cinto en la mano, tratando de golpearlo con la hebilla de bronce; ese compañero estaba enfermo y en esa época nadie quería saberlo; nadie sabía o quería saber que era víctima de lo que después se conocería como «síndrome del norte», el shock postraumático. Vi el daño que puede hacer ese síndrome en personas que ingresan en la policía con un estado de salud óptimo.

La segunda, cuando me disponía a presentarme por primera vez para comenzar las prácticas, me encontré con la tristeza que reinaba en el ambiente entre los compañeros por el asesinato, el día anterior, a manos de ETA, de un compañero; yo no llegué a conocerlo, pero esta noticia me impactó y comencé a tomar conciencia de lo que iba a encontrarme en adelante.

La tercera vez, y casi simultáneamente a la anterior, ahora sí, ahora iba a presentarme oficialmente por primera vez, aún de paisano, con un bolso donde llevaba mi uniforme y otros efectos reglamentarios. El sargento ante el que me presenté, diciéndole que venía de prácticas, no esperó más, no había tiempo; tenía que recurrir a todo el personal disponible para disolver una manifestación que había pillado a los servicios de información del Cuerpo General de Policía con el paso cambiado. Me vestí urgentemente en un pasillo, me asignaron un Land Rover y, con otros compañeros, me soltaron delante de una manifestación de varios miles de personas, dando gritos y con una enorme pancarta. Daban gritos: «¡¡APALA, LARENA, CHIVITE, ASKATÚ!!», tres terroristas de los que pedían libertad; era la primera vez que me veía en una situación así, y, al mismo tiempo que gritaban «A por ellos, que son pocos», se entabló una verdadera batalla cuerpo a cuerpo. Todo esto fue casi simultáneo.

La cuarta vez, y que de verdad me produjo un shock que aún no he superado, fue la muerte de ese compañero al que me refiero anteriormente, que perseguía a un sargento con el cinturón… Estábamos de servicio de seguridad del cuartel en el mismo turno; volvió a discutir con otro sargento, salió del despacho corriendo con la pistola en la mano, el sargento tras él gritando que lo detuviéramos, que «estaba loco». Salí, junto con otro compañero, tras él, y no dio tiempo a alcanzarle. Delante de mí, vi cómo se ponía la pistola en la sien derecha y disparaba; se voló la cabeza, sin poder hacer nada para evitarlo. Lo tengo en mi cabeza con todos los detalles como si hubiera ocurrido ayer. Ese compañero estaba enfermo, necesitaba asistencia médica y, en aquella época, este tipo de disfunciones psicológicas se «curaban», si me perdonan el sarcasmo, aplicándoles el reglamento de régimen disciplinario, y en aquella época era empeorar aún más las cosas. Nuestros mandos aplicaban el reglamento con una indolente y aséptica crueldad, pasaban de nosotros; nos privaban de libertad y nos detenían como delincuentes. Las resoluciones por aplicación del reglamento eran la condena a un calabozo, dependiendo de los días o meses que te impusieran; en los casos muy graves íbamos incluso a una prisión militar. Ese compañero era un enfermo a quien le destrozaron la vida con los problemas psicológicos que se veía claramente que arrastraba; las sanciones de privación de libertad en un calabozo eran lo habitual; para «curarlo», lo que consiguieron fue que empeorara aún más, hasta el punto de que ya no deseaba seguir viviendo. Esto ocurrió sobre las veintidós horas del día 24 de diciembre de 1977. Ese compañero era de Burgos; por respeto, omito su nombre. No fue el único suicidio que presencié. Pero estos hechos que narro fueron los que hicieron perder la inocencia a un joven de 23 años.

Estaréis conmigo en que cualquier joven que viaja desde el plácido sur de España, en mi caso, o de cualquier otro rincón de nuestro país y se encuentra con aquella situación prebélica, donde solo se respira odio de tus vecinos, violencia y muerte, y vive aquellas situaciones como recepción, perdería la inocencia.


Diario Blue: Durante aquellos años no solo viste caer a compañeros, sino también a amigos. ¿Cómo se aprende a seguir trabajando cuando el dolor forma parte del día a día y el miedo deja de ser algo excepcional para convertirse en una rutina?

Paco Puertas: No me gustaría pecar de pedante, pero allí, salvo excepciones, no sentíamos miedo. Digo bien en la mayoría de los casos, ya que hubo compañeros que se negaron a salir a la calle; tenían un miedo que no podían superar, se ponían enfermos y, como eran casos aislados, se les eximió de prestar servicio de uniforme y se quedaron en el cuartel o comisarías en servicios auxiliares.

Todos los que estábamos allí éramos, en su mayoría, muy jóvenes; casi todos fuimos testigos de lo que comento anteriormente, incluso de casos aún más dramáticos, pero esa pregunta yo me la he planteado también: ¿por qué no sentíamos miedo? Creo que porque nuestro cerebro crea una protección que nos ayuda a controlar ese miedo; si no hubiera sido así, podríamos entrar en algo mucho peor: en el pánico. Y eso la mayoría de los compañeros lo saben, sin haber estado en el norte. Esa misma situación también la he vivido en mi plantilla de Málaga, por ejemplo, al acudir a una alarma de atraco con individuos que se supone que van armados. No podemos dejarnos dominar por el miedo; es más, a la mayoría nos gustaría darle su merecido a esa gentuza. De todo lo que expongo, un psicoanalista podría explicarlo mejor. Es más, en aquella época, con los degenerados de ETA, la ilusión de casi todos los que allí estábamos era poder tener la oportunidad de un enfrentamiento con aquella escoria, en igualdad de condiciones, en el que tuviéramos la oportunidad de darles de «su misma comida». Y, por supuesto, con las mismas armas, no con la pistola de juguete con la que nos dotaron: el 9 mm corto. Desgraciadamente, eso casi nunca ocurría; nos pillaban a traición.

Matizar que, tanto de servicio como fuera de él, siempre íbamos con todas las precauciones y sospechando de todo lo que nos rodeaba. Ahora bien, caer en la rutina…, eso nunca; una rutina podría costarnos muy caro. Vivíamos con una coraza que nos aislaba del miedo, nunca de las precauciones; en ello nos iba la vida. La tristeza por la pérdida de un amigo te frustra y te acongoja, pero hay que seguir y no podemos permitirnos el lujo de rendirnos. El superar esos obstáculos era un reto que superábamos todos los días. Se puede vivir con la tristeza por la pérdida de seres queridos, sobre todo por la forma tan traumática en la que ocurre. Después del duelo, era habitual que no habláramos más de lo que había ocurrido. Echas mano de la coraza y lo interiorizas, pero no hablas; algún recuerdo cariñoso de lo buena persona que era fulano o mengano, pero, al menos en mi caso, ya no se hablaba más. Después, cuando me destinaron a mi Málaga, rodeado de mis seres queridos, todo aquello que había ido guardando salió como un volcán. También lo superé.


Diario Blue: Muchos policías que vivieron aquella época apenas hablaron de lo que sentían. ¿Existía entonces una especie de cultura del silencio dentro de la profesión que obligaba a guardar todo para uno mismo?

Paco Puertas: En parte concatena con lo que expongo en la pregunta anterior. Si me permite una pequeña digresión en la respuesta, hay que tener en cuenta que mi servicio era el de la «unidad móvil», es decir, todo lo relacionado con las patrullas a pie y en coches como el del 091. También los servicios más peligrosos, como el orden público en manifestaciones que competían a cuál más violenta, custodia de centrales eléctricas y repetidor de televisión. Para que los policías de hoy día tengan una idea, era lo que más se asemejaba a la actual UPR. Éramos, por tanto, los más expuestos; casi todos los atentados de mi época los sufrimos en mi unidad.

Como ya he dicho, era muy doloroso ver cómo alguien con quien habías compartido, tomado café, comido, pasado horas juntos, te había contado historias de su familia, de su mujer, de su pequeño hijo o del hijo o hija que nacería pronto, al día siguiente ya no estaba; te lo habían arrebatado de tu vida traumáticamente, de la forma más cobarde y rastrera. La primera reacción humana es la de la venganza; pero, al día siguiente, cuando se lo habían llevado definitivamente para siempre, tenías que superarlo por tu propio bien. No volvía a hablarse de lo ocurrido; un tácito silencio. No solíamos comentarlo entre nosotros. Aunque, eso sí…, el compañero no se nos iba de nuestra mente, quedaba y aún queda ese vacío que dejó; olvidarlo, eso nunca, sería como traicionarlo; pero ya no se hablaba más del atentado, entraba en juego la coraza que lo impedía.


Diario Blue: Cuando regresaste a Málaga explicas que todo lo vivido cayó sobre ti «como una roca». ¿Cómo recuerdas aquel momento en el que tu mente y tu cuerpo dijeron basta después de tantos años soportando aquella presión?

Paco Puertas: Es un tema que aún lo tengo muy presente; llevaba tan solo un mes en mi nuevo destino cuando comencé a notar un cambio en mi carácter, irritable, apático, que fue a más. Llevaba dos meses en mi plantilla cuando se convocó el primer curso para «secretario habilitado en Inspecciones de Guardia»; aquello fue un hito, era la primera vez que un servicio de esas características, que siempre había sido competencia del antiguo Cuerpo Superior de Policía, se les cedía a la entonces Policía Nacional, y además, a la escala básica, nada menos; para mí aquello fue un reto. Nadie de mi comisaría se prestó voluntario para hacerlo, hasta que convencí a dos de los cuatro compañeros que fuimos, que habían estado conmigo en el País Vasco; al final fuimos cuatro. En mi provincia fui el primer policía de la escala básica que pasó a desempeñar ese cometido. ¿Por qué comento esto? Viene a colación porque durante el mes que duró el curso en la Jefatura Superior de Policía de Granada, donde me quedaba a pernoctar, el trato diario con los cuatro compañeros que fuimos, día y noche, y el afán de superar ese curso, en el que, entre otros requisitos, teníamos que dar 300 pulsaciones por minuto en la máquina de escribir para superarlo, me hizo olvidar la ansiedad que comenzaba a hacer mella en mí. Al regresar de nuevo y comenzar a trabajar en la Inspección de Guardia, el hecho de subir la escalera de comisaría para comenzar el servicio se me hacía algo imposible. Se me atenazaba un nudo en el cuello que casi me impedía respirar. Me volví aún más irascible, intratable. Sonó la alarma en mi cerebro cuando mi hija pequeña se acercaba a mí, buscando mi cariño como cualquier hijo con su padre, y me molestaba, llegando a rechazarla. La gota que colmó el vaso fue con ocasión de una brusca maniobra cuando conducía mi coche, en el centro de Málaga, frente al Corte Inglés. El conductor, víctima de mi estupidez, me tocó el claxon y, en medio de la ciudad, me bajé y comenzamos a pelearnos. Fui un estúpido y un irresponsable y, además, yo no tenía razón; vi a los viandantes parados viendo ese triste espectáculo y cómo, en el interior del coche, mi mujer, asustada, y mi hija, que entonces era muy pequeña, estaban aterrorizadas. Me subí en el coche avergonzado; yo no era ni soy así. Ese Paco Puertas era otro ser irreconocible. Al día siguiente fui a mi doctora de Medicina General, que al mismo tiempo era especialista en Medicina del Trabajo, y le expliqué lo que me pasaba; me prescribió quince días de baja, recetándome unos ansiolíticos.

Unos días después recibo una citación del Servicio Sanitario Provincial de Málaga para que me persone en esa unidad. Siempre ha existido la picaresca de tomarse unos días de vacaciones complementarias con esos argumentos espurios y, lógicamente, querían pillarme en el engaño; eso, al menos, pensaban. El entonces jefe de los servicios médicos y una compañera de la escala básica, licenciada en Medicina, que después obtendría plaza como facultativa, me sometieron a un interrogatorio largo, creo que durante bastante más de una hora. Al terminar, el jefe de los servicios médicos, hoy ya fallecido, me extendió un certificado y me prescribió, además de varios medicamentos, que me quedara de baja en mi domicilio durante tres meses, y que, si tenía aficiones, que las practicara y, si me gustaba alguna actividad deportiva, que la ejerciera; y, sobre todo, que no se me ocurriera asomarme por comisaría y, pasados esos tres meses, dependiendo de la evolución, tomaría la decisión correspondiente.

Me dediqué a mi familia, se lo debía; salía siempre que podía con mi padre a pescar con caña, me enseñó todo lo que había que saber sobre pesca y «empatillar» anzuelos; con un compañero corríamos por la arena de la playa ocho kilómetros, casi todos los días. Con el tiempo di rienda suelta a mi afición favorita: las motos, y me compré una de gran cilindrada, con la que recorrí toda España de extremo a extremo; lógicamente, no fue durante esos tres meses, fue en el transcurso de los años, y lo superé, hasta hoy. Por cierto, no tomé ninguno de los medicamentos que el jefe de los servicios médicos me recetó. No estaba dispuesto a estar bajo los efectos de los mismos.

Si me permitís una digresión, me gustaría, en honor a la verdad, que yo no quiero ser protagonista de nada; soy uno más de los aproximadamente 14.000 (CATORCE MIL, APROX. Datos de las hemerotecas) miembros de Policía Nacional y de la Guardia Civil que, en mayor o menor medida, hemos sufrido este tipo de trastornos, que después se conocería como «SÍNDROME DEL NORTE O SHOCK POSTRAUMÁTICO». En mi caso, aprovechando mi afición desde niño a escribir, lo he plasmado por escrito en un libro. Soy uno más, no soy nadie especial, policía de la escala básica de la que me siento orgulloso, en la que permanecí porque no me dejaron ascender, y además testigo directo de otros compañeros que han sufrido lo mismo que yo he sufrido.

Conozco a compañeros que incluso en mi provincia de destino han acabado suicidándose, algunos en psiquiátricos, otros jubilados, con la desfachatez de los gobiernos de turno de jubilarlos por trastornos psicológicos derivados de enfermedad común; algunos de estos compañeros han tenido que recurrir a los tribunales de justicia para que les reconocieran ese derecho. Se puede tener más poca vergüenza tratando así a gente que lo ha dado todo por su país. Otros compañeros que han acabado divorciados, con problemas derivados del consumo de alcohol y un largo etcétera.

Ahora la sensación que tengo, dada la edad que la mayoría ya tenemos, en mi caso ya tengo 72 años, es que los gobiernos de uno y otro signo esperan que pasemos todos, cuanto antes, a mejor vida, y echarle un tupido velo a lo que pasó en ese rincón de España llamado País Vasco, y que la sociedad española se olvide de aquello. Lo estamos viendo a diario, poco a poco, sutilmente, pero lo están haciendo; el tiempo corre a su favor, cada vez quedamos menos testigos de aquello… Nos venden de cara a la comunidad internacional la falacia, el embuste, la mentira, el invento de que tuvimos una «transición modélica y pacífica»; me comen los demonios cuando oigo esto, con la desfachatez y arrogancia con que lo dicen. Espero que los jóvenes se acuerden de los compañeros que abrimos camino en aquella selva, aquella España «modélica», si me permiten el sarcasmo, en la que ocho grupos terroristas nos mataban a diario y nos hicieron la vida lo más difícil posible, que estuvieron a punto de arrodillar al Estado, enviando al garete la incipiente democracia… Pero salimos adelante a pesar de las zancadillas de nuestros «queridos gobernantes».


Diario Blue: Durante décadas no hablaste con nadie de todo aquello, ni siquiera con tu familia. ¿Por qué crees que tu cerebro decidió bloquear aquellos recuerdos durante tanto tiempo?

Paco Puertas: Así es, me costaba hablar del tema; ni con mi familia ni con mis amigos eludía el tema. Cada vez que alguien me preguntaba, respondía con evasivas, con respuestas genéricas. Me negaba a hablar de ese asunto, no quería acordarme. No he sido un héroe ni tengo madera de serlo. Lo ocurrido en el País Vasco, como a miles de jóvenes, muy jóvenes, que huíamos de la precariedad en la mayoría de los casos, nos encontramos con una sociedad hostil, un ambiente hostil, un entorno profesional con mandos que demasiadas veces eran también hostiles, unos políticos hostiles solo pensando en la foto, sin medios adecuados, sin armas adecuadas; tuvimos que poner muchos muertos sobre la mesa para que nos sustituyeran la pistola de juguete, el 9 mm corto, y más muertos para que nos dotaran de chalecos antibalas que, por cierto, pesaban doce kilos, y más muertos aún para que sustituyeran los obsoletos Land Rover por furgonetas Avia, y los Seat 1430 por Seat Supermirafiori, las conocidas «lecheras». Hacer frente a manifestaciones casi diarias que te arrojaban bolas de rodamiento, piedras y cócteles molotov, con una camisa de manga corta en verano y una chaqueta en invierno, y un casco de «medio huevo» que solo te protegía la parte superior del cráneo, a medias, como única protección. Y, encima, cada vez que mataban a uno de los nuestros, tener que soportar cómo te gritaban en las manifestaciones «¡¡ETA, MÁTALOS, MÁS METRALLETAS!!» o cómo tus vecinos celebraban la muerte de uno de los nuestros. O cómo a tu mujer la dejaban la última en el ultramarino, y no le servían hasta que no había nadie más a quien despachar, o tenía que irse a otra tienda donde no la conociera nadie, porque era la mujer del «madero hipoputa» del 5.º A, y comienzas a recibir anónimos en el buzón de tu casa, con amenazas, dianas, eslóganes de ETA, y tienes que extremar aún más las precauciones, porque en ello te la juegas. Y, al final, tener que mudarte, y vuelta a empezar porque a un patrullero lo reconocen enseguida, y así todos los días de la semana. Esto, visto aisladamente, parece que no tiene importancia, pero vivir así todos los días y, encima, asistiendo a sepelios, y visitar a compañeros heridos, que, por cierto, fueron muchos y de los que no se habla. Vivir así a diario te destroza anímicamente y psicológicamente y tienes que crear una coraza para que no te afecte y te resistes a hablar del tema, encerrándolo en un recóndito lugar de nuestro cerebro para olvidar lo que es imposible olvidar. El leviatán de nuestros recuerdos siempre volvía a modo de pesadillas, por más que trataras de esconderlo, pero nunca lo compartías, porque era como volver a revivir el monstruo de las pesadillas.

El problema surge cuando nos desprendemos de esa coraza y surgen los daños colaterales de muchos compañeros, como he dicho antes: suicidios, alcoholismos, divorcios, etc.

En mi caso, he sido un afortunado que, con ayuda de mi familia y de la gente que quiero y me soportó, lo superé.


Diario Blue: Fue precisamente tu hijo, también policía nacional, quien consiguió abrir una puerta que llevaba cerrada casi cuarenta años. ¿Qué significaron para ti aquellas conversaciones durante la pandemia y cómo consiguieron romper un silencio tan largo?

Paco Puertas: Como dice, fue durante la pandemia: horas conversando; no había otra cosa que hacer, leer, hacer kilómetros en la bicicleta estática para mantener la forma. En la televisión, poco que contar; nos tienen sojuzgados con una programación estudiada para suscitar el morbo, con un entretenimiento para que no pensemos, para que no molestemos mucho. Así es como lo pienso; lo que hay es lo que hay, pocas cosas que puedan aportar algo positivo y sí mucha telebasura. El resto del tiempo lo empleábamos en conversar.

A mi hijo, también policía, le extrañaba que la época durante la que estuve destinado en el País Vasco solo la tocaba tangencialmente; en el mejor de los casos, la mayoría de las veces desviaba el tema sin entrar en detalles. No lo entendía y comenzó, poco a poco, el interrogatorio y las preguntas: «¿Por qué esto? ¿O por qué aquello?». Un diálogo pausado, sin crispación y, en el transcurso de las semanas, que no fue cosa de un día, comencé a hablar, en principio tímidamente, de la beligerante sociedad y la difícil convivencia que tuvimos que soportar. Y así continué narrando la pérdida de mis compañeros muertos, primero de uno, después de otro, de la forma violenta en que fueron asesinados y cómo buena parte de los ciudadanos lo celebraban como si de una victoria se tratase. De las diarias manifestaciones violentas; cómo me libré de la encerrona que me prepararon en el portal de mi casa; de las amenazas que sufrí; de la hostilidad que padecimos; de lo que tuvo que aguantar también su madre por ser mi mujer, y así, poco a poco, salió todo de lo que pude acordarme.

Cuando acabó el confinamiento, fue mi hijo quien me animó a que lo que le había contado no podía perderse. Fue él quien me animó a que escribiese un libro. Insistía en que la mayoría de los compañeros actuales desconocían todo lo que le había contado. En principio me lo tomé a broma y le quité importancia; él insistió y yo me resistí, hasta que un buen día cedí, me puse en mi ordenador, abrí un documento Word en blanco y comencé a escribir. No me resultó difícil; comencé a rememorar aquella época, una inducción cronológica, y las letras comenzaron a fluir, regresaban con naturalidad de ese oscuro rincón en el que habían permanecido encerradas.

En un tiempo récord acabé un libro de casi cuatrocientas páginas. Mi hijo leyó ese manuscrito en Word y fue él quien me animó a que tenía que publicarlo. «Papá, la mayoría de los compañeros de mi generación no tienen ni idea de lo que sufristeis ni de lo que os pasó en el País Vasco». Me di cuenta de que le costaba trabajo asumir cómo a muchos jóvenes policías como él les habían podido ocurrir tantas desgracias. Para él era increíble que eso hubiera podido ocurrir en la generación de policías que les precedieron.


Diario Blue: Escribir un libro supone volver a revivir recuerdos muy duros. ¿Hubo algún momento durante la escritura en el que tuvieras que detenerte porque las emociones podían más que las palabras?

Paco Puertas: Por supuesto, no es fácil recordar sin que te afecte lo que ya he comentado antes. ¿Cómo puedo olvidar a mi binomio, mi amigo Joaquín, cómo murió, y cómo voy a olvidar verlo en la sala de autopsia tras su asesinato? Era muy duro. Todavía veo manar la sangre a borbotones de mi compañero que se suicidó delante de mí. No lo expongo por morbo; lo digo para que quien esté leyendo esto pueda hacerse una idea de lo que un joven de 23 años tuvo que vivir. O ver de nuevo el rostro de un niño pequeño de quien su padre me responsabilizó para cuidarlo mientras él iba a un servicio voluntario que no le correspondía; el sargento de servicio se hizo cargo de él para entregárselo a su madre; yo no podía. Estos y otros. ¿Cómo no voy a emocionarme por la pérdida de mis compañeros y por lo que tantos y tantos sufrimos?

Un matiz: si algo realmente me hundió fue el día en que ese niño del que hablo antes, hoy un hombre, tras leer el libro, me llamó para saber de su padre. No conseguía articular palabras; cuando descolgué el teléfono y pregunté quién era, me dijo: «Soy el hijo de Antonio, el niño ese que usted menciona en su libro». No me lo podía creer. No podía articular palabra hasta que me recompuse.

Muchas emociones regresaban, ahora como tristes recuerdos, que ya no estoy dispuesto a olvidar. Ya no me afectan psicológicamente esos recuerdos. Ahora lo que pretendo es dar voz a quienes ya no la tienen y quieren silenciarla, y, como homenaje a esos «sin voz», a mis compañeros asesinados. El tiempo que me quede estaré denunciando lo que hicieron con mi generación y lo que ahora pretenden hacer. Aunque quieran que nos olvidemos, en mi caso no estoy dispuesto a consentirlo.


Diario Blue: Durante tus cinco años y medio destinado en el País Vasco viviste algunos de los momentos más duros de la historia reciente de España. ¿Hay algún episodio relacionado con ETA que siga permaneciendo intacto en tu memoria y que nunca hayas podido olvidar?

Paco Puertas: Si tuviera que contar todo, no acabaríamos. Tengo clavado en mi memoria el día en que, al cortar una calle al tráfico ante una amenaza de bomba en la puerta de uno de los cuarteles que teníamos en Vitoria, al desactivarla el sargento del TEDAX, saltó por los aires como un muñeco. Así como el cabo primero de seguridad y un compañero de ese servicio que estaban próximos; resultaron heridos leves. Lo recuerdo con todo detalle. Pero el sargento quedó con las manos destrozadas; le salvaron la vida el escudo y el peto que llevaba. Lo recuerdo tratando de ponerse en pie, pero no podía; no era consciente de que las manos las tenía destrozadas. Lo ayudamos a levantarse, lo introdujimos en el Land Rover y a Urgencias. En mi caso, yo estaba protegido tras el Land Rover; vi una bola de fuego, la detonación del artefacto y, enseguida, el calor que desprende la onda expansiva, que me dio en la cara e incluso llegó a quitarme la gorra de la cabeza.

Son muchos los recuerdos vividos como si hubieran ocurrido ayer, todos y cada uno de los atentados en los que perdieron la vida mis compañeros y amigos, en particular el ametrallamiento en el que fueron asesinados mi amigo Joaquín y Miguel; el vehículo presentaba más de cincuenta impactos de diferentes proyectiles con los que le dispararon. Y una imagen: no voy a repetir las circunstancias que ya he comentado, cómo se te queda el cuerpo cuando miras a la cara de un niño que acaba de quedarse sin su padre. Un niño del que yo estaba encargado por su padre para cuidarlo mientras él se ausentaba.

En Vitoria también fueron asesinados militares, trabajadores, policías locales e industriales. Junto al portal donde yo residía, mataron al jefe de la Policía Local de Vitoria; al escuchar los disparos, salí para ver qué pasaba y vi, desde la sexta planta de mi balcón, huir a los asesinos. En otra ocasión, durante una visita de mi hermana para vernos, cenando tranquilamente, saltamos de nuestros asientos por el estruendo, vibrando los tabiques y también todos los cristales de los edificios de los alrededores, que quedaron hechos añicos. Nos dimos, y se dio la pobre, el susto del siglo; acababan de volar la Diputación Foral de Álava y yo vivía a cien metros. Al día siguiente, mi hermana sacó el billete de vuelta a Málaga.

Y otra cosa, hay tantas que contar: el conocido como «Hombre de paz», Arnaldo Otegui, a la sazón un converso a la democracia y a los derechos humanos, eso dicen, vivir para ver, fue miembro de un comando de ETA (ya empezamos a olvidar sus pecados). Un sujeto que mantuvo secuestrado a un industrial en Vitoria, a quien estuvimos todos los policías buscando su paradero hasta que fue liberado. Pero bueno…

Pero, sobre todo, el placer de ver cómo se hace justicia; no la de los juzgados… la del Talión, la del ojo por ojo. Y me explico: al ir a identificar a cuatro individuos jóvenes en el centro de Vitoria, los compañeros les dieron el alto; dos de ellos se detuvieron y los otros dos salieron huyendo mientras disparaban. Ahora la cosa ya era distinta; ya disponíamos de otro armamento, los Z-70 y el 38 especial de cuatro pulgadas. El etarra José Manuel Aristimuño, alias Pana, resultó muerto (ojo por ojo) al instante y el otro, Miguel Lopetegui, alias Mikel, al ver la contundencia de la intervención, se le aflojaron los esfínteres y, para que no se le aplicara la ley del Talión, como a su correligionario, el valiente gudari se arrojó al suelo, con los brazos extendidos boca abajo, para que no le dispararan y se rindió. En el momento se les intervinieron dos pistolas Browning FN 9 mm Parabellum. Con las investigaciones posteriores cayó todo el comando, incluidos los que huyeron; entre los detenidos, dos trabajadores de la empresa Forjas Alavesas, que no estaban fichados. Armas y explosivos en un zulo.

En otra ocasión, yo sí que fui uno de los intervinientes y sentí el placer que te produce quitar de la circulación a un comando, en este caso de información de ETA, capturado por un patrullero del 091. Por antigüedad, yo era el jefe de dotación en un control de identificación rutinario. Quisieron huir, pero no podían o, más bien, no se atrevían; demasiado cobardes cuando no la tienen todas consigo… A ver, un policía con un Z-70 delante del vehículo en el que iban y estaba inmovilizado, otro compañero con otro Z-70 detrás, yo identificándolos y el conductor parapetado tras el vehículo con otro Z-70. Se entregaron sumisamente.

Otro momento fue el placer que te produce presenciar cómo aquellos «valientes gudaris» orinaban y defecaban en los pantalones de miedo nada más entrar por la puerta de comisaría detenidos. Lo que digo es literal, no es una hipérbole; se cagaron literalmente en los pantalones. Nos dimos cuenta por la humedad de la entrepierna y por el olor a etarra que iban soltando por doquier. Algunos momentos cómicos también vivíamos. Ya me hubiera gustado ver a aquellos gregarios que tanto los idolatraban, que los hubieran visto de esa guisa.


Diario Blue: Perdiste a amigos, no solo a compañeros. Sin entrar en detalles que puedan resultar especialmente dolorosos, ¿qué recuerdos conservas de aquellas personas y qué aprendiste de ellas durante aquellos años tan difíciles?

Paco Puertas: Ahora ya lo tengo superado y no me importa entrar en detalles; lo puedo recordar y rememorar como un homenaje a mis queridos amigos. Esto que expongo, además de compañeros, fueron mis amigos, de mi unidad; los conocía personalmente, a ellos, a su familia, a sus ilusiones y proyectos. ¿Cómo no me voy a acordar de cada uno de ellos con detalle?

—Mi querido amigo Joaquín, todo lo que tenía de bruto, en el buen sentido, lo tenía de buena persona; me pidió cambiar el servicio, ya que su mujer pasaba un mal embarazo. A mí me tocaron las famosas patrullas a pie, 8 horas de día y no hacían noche, y a Joaquín le tocó radiopatrullas en servicios de 24 horas. Accedí a cambiárselo y unos días después lo asesinaron; sufrió un ametrallamiento; de todos los disparos, tan solo uno, que le entró por el occipital, fue mortal; su mujer tuvo un hijo póstumo; le presté 25 pesetas para la póliza cuando fue a casarse; en aquella época era preceptiva una instancia con una póliza para poder casarse; era el mayor de varios hermanos que vivían en Jerez de la Frontera; aunque Joaquín era sevillano, esos hermanos dependían, en parte, del dinero que Joaquín les enviaba todos los meses, ya que eran huérfanos. Acompañé su cadáver, transportado en un coche fúnebre. El viaje lo hice de escolta en un Land Rover desde Vitoria hasta Jerez de la Frontera para acompañarlo; era mi amigo.

Miguel, jienense de Huelma, estaba soltero, honrado y era muy devoto de sus padres; su preocupación eran ellos, ya ancianos, y tenía la ilusión de salir pronto destinado a Jaén para ayudarles en las labores del campo, ya que tenían una pequeña propiedad con olivos. Muy aficionado al club de fútbol de Jaén, era el conductor y detuvo el vehículo oficial para escuchar, junto con otros compañeros, el partido que se celebraba en Vitoria entre el Jaén y el Club Deportivo Alavés; lo acribillaron para asegurarse la inmovilidad del vehículo.

Vicente, de mi misma edad, estaba soltero y era de mi promoción, un burgalés serio y muy introspectivo, con la ilusión de obtener una plaza en su ciudad natal: Burgos. Con este compañero se produjo una anécdota que no me gustaría pasar por alto. Murió a consecuencia de las heridas de los doce impactos de bala que recibió en el ametrallamiento. Se le infectaron y no pudo superarlo. Había ido a visitarlo y nos dieron la fatal noticia. Estaba en la puerta del hospital hablando con otro compañero cuando se acercó un señor que no conocíamos e interrumpió nuestra conversación; nos dijo: «Siento lo de su compañero… ¿Saben una cosa? En un hospital es muy fácil acabar con alguien cuando queremos; en una persona con heridas, en un descuido, simplemente se pasa el apósito bajo el somier de la cama y se lo ponemos en la herida, y ya tenemos una infección difícil de curar». Y se marchó. Desde entonces, siempre que algún compañero necesitaba asistencia hospitalaria, pedía ser trasladado a Santander, Miranda de Ebro, Logroño, Burgos u otra provincia limítrofe. Pero nunca en el País Vasco.

—Antonio, mi compañero del alma, era un TEDAX, una gran persona, un valiente como no había otro. En una época en la que en el TEDAX todo era artesanal, no había los medios que hay hoy día; había que tenerlos bien puestos. Se presentó en el cuartel, iba acompañado de su hijo pequeño, estaba libre de servicio y nos encontramos; yo estaba doblando porque había una manifestación y se preveía violenta, como siempre. Nos saludamos y estuvimos echando una partida de futbolín. Llamaron por megafonía al servicio de TEDAX y él, aunque libre, como digo, decidió ver qué ocurría. Al poco subió y me pidió que me quedase con su hijo, que iba a salir. Le dije que estaba libre y no tenía por qué acudir, pero, con una persona generosa y valiente, la respuesta era la que esperaba: «Paco, hay poco personal y voy a echarles una mano». Lo vi bajar la escalera por última vez. Lo destrozó una bomba que hirió gravemente a otros tres compañeros, dos de ellos con la pérdida de un ojo cada uno. Y yo me quedé allí con su hijo, al que había estado entreteniendo con el futbolín. La mala ralea de asesinos de ETA arrasó también, como en los casos anteriores, con ilusiones y proyectos. La ilusión de Antonio era obtener plaza en Orense, de donde era originario; dejó a su hijo huérfano y a una hija que nació póstuma. Cuando ese niño de cinco años, calculé mal la edad en el libro, tuvo conocimiento de la publicación de mi libro, me llamó por teléfono para presentarse; fue muy emotivo. Le hablé de su padre, de cómo era y de lo orgulloso que debería estar de llevar sus mismos genes.

No voy a exponer más; alguno se queda en el tintero. Desgraciadamente, hubo otros compañeros a los que también conocía, pero no tenía un vínculo tan estrecho como con los que expongo.


Diario Blue: Quienes no vivieron aquella época difícilmente pueden imaginar cómo era salir cada día a trabajar sin saber si regresarías a casa. ¿Cómo era realmente el día a día de un policía destinado en el País Vasco durante los años de plomo?

Paco Puertas: El día a día de un policía en el País Vasco podría asemejarse al de cualquier policía del resto del Estado, si no fuera por la situación que vivíamos. En mi caso, en el que mi servicio prioritario era el de radiopatrullas como componente del 091, lo primero y principal eran las alertas que, a través del servicio de información del Cuerpo General de Policía, nos advertían sobre posibles movimientos de terroristas por la zona. Revisábamos nuestra dotación, chalecos antibalas (12 kilos, solo se usaban en controles por razones obvias), material para los controles de carretera y de ciudad, que solíamos efectuar de forma aleatoria y continua, para que los terroristas, al menos, no circularan con libertad por la ciudad. Patrullábamos siempre dos vehículos, uno tras otro, a poca distancia para protegernos; mientras el primero intervenía ante cualquier llamada, el otro lo protegía con sus componentes fuera del vehículo y dispuestos a intervenir en caso necesario.

En los servicios estáticos, como los de las estaciones y subestaciones eléctricas, para evitar que las volasen, los relevos los hacíamos en vehículos blindados, similares a los conocidos BMR del Ejército, y en algunos de esos servicios, concretamente en dos de los cuatro que había, te la jugabas por lo peligrosos que eran. Dos meses después de mi traslado a Málaga fue asesinado un compañero de la que fuera mi unidad, a quien conocía también muy bien. Me hizo una fotografía en mi último servicio de radiopatrulla que hacía en Vitoria; fotografía que aún conservo y es la que está en la portada de mi libro. En esa estación eléctrica les estaban esperando e hicieron explosionar una bomba con mando a distancia; de ese atentado también quedaron varios heridos. En este caso era un atentado anunciado y los responsables policiales, que podrían haber puesto los medios para evitarlo, pues eso…, la cosa no iba con ellos. Los muertos los ponemos otros. Una vergüenza más.

Muchas veces patrullábamos con el revólver en la mano, dispuestos a repeler una agresión, ante la inminencia de un atentado al avistarse por el servicio de información un grupo operativo de ETA.

Nunca te dirigías a tu trabajo por el mismo itinerario; tenías que cambiarlo. La hora era inevitable, era la misma; en mi caso, y por mi cuenta, solía adelantar la hora de salida de casa aleatoriamente quince, veinte minutos e incluso una hora. Había que revisar los bajos del coche a diario. En mi caso, yo no lo usaba casi nunca por la ciudad; iba andando a mi comisaría, unos tres kilómetros; era más seguro. Cuando ibas por la calle, te parabas súbitamente ante cualquier escaparate para asegurarte de que no te seguían, o cruzabas la calle de improviso por una zona en la que no había paso de peatones. Así, un día tras otro.

La vida social solo era con los compañeros; cuando quería salir con mi mujer a cenar o tomar algún aperitivo, siempre estaba en tensión y en guardia. Nunca de espaldas a la puerta del establecimiento. Cuando en algún establecimiento tenías la mala suerte de que te reconocieran, comenzaba el chascarrillo que muchos policías del norte conocíamos y que, a modo de cantinela sarcástica y provocativa, nos dirigían: «Acento andaluz, pelo corto, calcetines negros y barba de tres días, matémoslo, que es un policía»; siempre lo hacían en cuadrilla aquellos valientes gudaris. Tenías que abonar la consumición y marcharte del local para evitar males mayores.

En una ocasión, también lo expongo en mi libro, un compañero no aguantó la humillación que le hicieron, fue a por su revólver y efectuó dos disparos, solo dos; uno le dio en el pecho al dueño del bar en el que le había ocurrido el incidente, y el otro también en el pecho a un cliente que salió a defender al dueño. El compañero acabó en la cárcel. Como ya he dicho, el «síndrome del norte» hacía estragos y no todos lo somatizábamos de igual forma.

Pero, para estar más tranquilo, en mi caso solía tomar el coche y dirigirme a la cercana localidad de Miranda de Ebro, y allí paseaba con la guardia baja, relajado, sin que nadie con quien me cruzara me mirase mal; les daba igual quién o qué era yo. Solo veían a una pareja de recién casados paseando y divirtiéndose.

Otro inciso que cuento para que quienes lean este artículo puedan tener una idea de la indecente hostilidad y la catadura moral de aquellas personas en cuanto te «olían». Ya destinado en Málaga, en el verano de 1982, se estaban celebrando los mundiales de ese año y ese día estaba libre. Decidimos mi mujer y yo, con mi niña de tres años, pasar un día en el pantano de Ullíbarri-Gamboa, cercano a la ciudad de Vitoria, en una zona de playa; nos llevamos la comida. Al poco de llegar, mi hija, alentada por lo que oía todos los días en la televisión, comenzó a dar saltos encima de un flotador que le habíamos comprado y…, como cualquier niño que repite lo que oye, comenzó a corear los gritos de ánimo hacia la selección; al unísono de los saltos comenzó a gritar: «¡ESPAÑA, ESPAÑA, ESPAÑA!». Se oía, y muy bien; tenía y tiene buenos pulmones. Había varias personas también disfrutando, teóricamente, de un día de playa; comenzaron a mirarnos y, con una mirada de desprecio hacia una niña de tres años, comenzaron los murmullos, las risas burlonas, las invectivas y las indirectas. Recogimos los enseres y tuvimos que marcharnos para evitar que la cosa no fuera a más. A media mañana acabó el día de playa.


Diario Blue: Si hoy pudieras hablar con las nuevas generaciones que no vivieron aquella etapa, ¿qué les contarías para que comprendieran lo que significó realmente servir como policía en el País Vasco durante aquellos años?

Paco Puertas: Que no se dejen arrastrar por la corriente que pretende que se olvide lo que pasó en el País Vasco. Empatía; que fuimos una generación que lo dimos todo a cambio de nada. ¿Se imaginan los compañeros de hoy día cómo era enfrentarse a ocho grupos armados de terroristas que operaban en toda España, ocho grupos, cada cual más violento, y cuyo objetivo éramos nosotros, los policías? ¿Saben lo que es tener como arma reglamentaria una pistola de pequeñas dimensiones de la marca Star de 9 mm corto para repeler una agresión de unos asesinos que solo querían matarte y que te disparaban con el AK-47, el famoso Kaláshnikov, CETME, escopetas, metralletas Beretta, el subfusil israelí UZI o la Browning FN? Esa panoplia era la dotación de los etarras con la que te disparaban. O… acudir a manifestaciones violentas en las que tenías que esquivar cócteles molotov, bolas de rodamientos, piedras y lo que te arrojaban desde los balcones, con una camisa de manga corta como protección en verano y una chaqueta en invierno; un casco que te protegía, como digo antes, la parte superior de la cabeza y poco más. Ojo, y eso no era uno ni dos, era casi a diario.

No teníamos otra opción; era aquello o la precariedad del desempleo o la inmigración. Muchas veces he tenido que ir a comisaría para efectuar gestiones y me da la impresión de que parezco un extraño que nunca hubiera estado 42 años operativo como policía. Los compañeros ven a un anciano que vete tú a saber a qué viene, y no son capaces de ver la sombra de ese anciano; es la sombra de un policía que ha visto en solo cinco años más de lo que la mayoría de los policías verán en toda su carrera. Y otras cuestiones… que no voy a plantear por este medio para no herir susceptibilidades. Solo lo resumiría en empatía con quienes vestimos tres uniformes en tres épocas diferentes. Y fuimos la avanzadilla de lo que es la policía hoy día.


Diario Blue: Si la vida te concediera unos minutos para volver a encontrarte con aquel joven de 23 años que llegó destinado al País Vasco sin imaginar todo lo que estaba a punto de vivir, ¿qué le dirías antes de verlo marchar?

Paco Puertas: Le daría consejos para que no cometiera los errores que yo cometí. Que fuera menos beligerante en su actitud con las injusticias internas; hay otras formas de rebelarse contra los déspotas. Ese temperamento rebelde fue un estigma que llevé incluso después de jubilarme; pero, desde luego, no le haría desistir de pedir destino en el País Vasco; al contrario… Volvería a repetirlo. No me arrepiento de nada de lo que viví en aquella época en el País Vasco. Pedí aquel destino voluntario con lo que estaba cayendo en aquella época y en ese rincón de España. Si tuviera que repetirlo, lo volvería a hacer. Allí obtuve, en cinco años, verdaderas lecciones de vida; llegué hecho un joven inocente e inexperto y regresé a mi tierra hecho un hombre.

Moderación, eso es quizás lo que me faltó. Fui muy beligerante reclamando mis derechos, adelantado a mi época; me preparé para ascender y no me dejaron. Hiciera lo que hiciera o como lo hiciera, estaba sentenciado y siempre me suspendían; a lo mejor es porque yo era demasiado torpe, no reunía el perfil, o vete tú a saber qué se hubieran inventado para cortarme cualquier expectativa. O quizás porque mi apellido aún pesa hoy día para quienes no perdonan.

Fui sindicalista de aquellos que nos organizamos en la clandestinidad y nos jugábamos la expulsión o la cárcel. Me jubilé con cinco expedientes disciplinarios; esos expedientes fueron mis medallas. El cuerpo no me otorgó ninguna medalla o reconocimiento; tampoco lo lamento. Después, repudié en lo que se había convertido el movimiento sindical de la policía; me di cuenta de lo que era aquello cuando fui elegido vocal del Consejo de Policía por la escala básica. Vi lo que se esconde tras la trastienda; la mayoría, como yo entonces, vemos lo que hay en el escaparate. Yo tuve la suerte de ver la trastienda; allí me encontré con más de un advenedizo y mucho satélite que venían para otra cosa… Le aconsejaría que fuera más crítico con los advenedizos. Hay verdaderos luchadores por la defensa de los compañeros, pero demasiados que buscan otras cosas. Que, por tanto, militara en defensa de los compañeros, pero discriminando a quienes buscan intereses espurios; que se guardara de ellos y que velara por que no se aprovechasen de su buena fe.

De aquella mala decisión sí que trataría de no repetirla. Decisión de la que me arrepiento a diario; a lo mejor fue mi culpa, es posible, al no acertar y poner mi confianza en algunas que otras personas que solo buscaban sus intereses personales, no los del colectivo; intereses espurios. No hay rosas sin espinas; discriminar las espinas y quedarse con las rosas, eso es lo que le diría si pudiera volver años atrás. Ahora, con 72 años, ya estoy de vuelta de todo y me da igual lo que pudieran decir los aludidos advenedizos.


Diario Blue: Después de tantos años de servicio, ¿hay alguna historia, algún rostro o algún momento vivido durante tu carrera profesional que siga acompañándote con el paso del tiempo y que nunca hayas podido olvidar? Nos gustaría que compartieras con nuestros lectores esa experiencia que, de algún modo, marcó para siempre tu forma de entender la profesión y la vida.

Paco Puertas: Antes de finalizar, modestamente me gustaría compartir mi forma empírica de entender la vida: los seres humanos nacemos como un libro con las hojas en blanco en el que se va escribiendo todo lo que nos acontece en la vida. Creo que, de todas las experiencias vividas, en mi caso, he procurado sacar buena nota de todo lo que se va escribiendo en ese libro, lo bueno y lo malo; de todo saco la experiencia que he ido adquiriendo a lo largo de 72 años. No desecho nada; hasta de las malas experiencias se aprende algo siempre. Y desde esa base siempre he partido desde hace muchos años.

Me preguntas si hay alguna historia que quisiera compartir. Creo que los rostros y las tristes historias han quedado claras a lo largo de la entrevista; mis amigos, a los que he visto llenos de vida, con proyectos, ilusiones, esperando el anhelado traslado, bromeando, contándote su vida, de su familia, de sus padres y de lo bonita que es su tierra… y después los he visto asesinados y sus proyectos frustrados para siempre.

Momentos, preguntas: muchos momentos; la tensión diaria cada vez que entrabas de servicio… cada vez que tenías que desplazarte a tu lugar de trabajo… cada vez que ibas de compras con tu mujer… cada vez que paseabas como cualquier matrimonio… y cada vez que se burlaban de ti, de tu profesión y de tu acento. Y lo que más duele, la mirada de desprecio hacia tu hija. Esos despreciables y valientes gudaris se cuidaban muy mucho de hacerlo en cuadrilla. Solos, era otra cosa. No me avergüenza decir, a estas alturas, que las infracciones que hubiera podido cometer contra esos gudaris ya estarían prescritas. A más de uno, en solitario, le corregí lo que su padre le tenía que haber corregido cuando lo educaba; alguno todavía tiene que acordarse de mis correcciones y de mi árbol genealógico. Lo único que lamento es que me quedé corto; no les corregí lo suficiente.

Es una entrevista y la extensión es limitada; por eso cité unos pocos casos; hubo muchos más. En cuanto a mi trayectoria profesional, someramente la he explicado: son 42 años de servicio, de ellos la mayor parte en Fuengirola, en la provincia de Málaga. Una comisaría local en una zona turística en la que el devenir diario era el mismo de muchos compañeros que prestan sus servicios en el resto del país. En mi caso, como patrullero en el 091, inspección de guardia, después oficina de denuncias, delincuencia urbana, policía de proximidad y policía científica. Pero lo que realmente marcó mi devenir profesional, personal y emocional fueron esos cinco años y medio de mi destino en el tártaro del norte. No me gustaría que pensaran mis compañeros que, por el hecho de haber escrito un libro, soy alguien excepcional… nada de eso, soy uno más con muchos años, pero uno más: un sencillo policía de la escala básica, como los miles que allí estuvimos y sufrieron tanto o más que yo. Uno más que pasaría desapercibido entre tantos héroes; héroes que sí lo fueron de verdad; héroes anónimos de los que solo nos acordamos sus compañeros; héroes que ya no tienen voz. Lo que me diferencia es que he contado mi paso por el infierno en un libro; un libro pensado desde el principio como contribución para que no se olvide «aquello». No me refiero al infierno quimérico de Dante… fue el infierno real, el de la hostilidad, la intolerancia, la maldad, el fanatismo, la crueldad y, en definitiva, el odio… ese odio que todo lo corroe como un ácido y que, a la larga, le hace más daño a quien lo vierte que sobre quien se vierte.

Claro que hay rostros y momentos que he vivido que siempre me han acompañado. Después del País Vasco, estuve destinado… Los veo incluso escribiendo estas páginas; veo el rostro de Joaquín, mi binomio; el de Miguel, mi conductor favorito; el de Vicente, tan formal, serio y buena gente; el de Paco Paquillo, para los amigos, ese granaino que me decía: «Paisano», aunque yo no fuera de Granada; le daba igual, los andaluces todos somos paisanos; que me hizo la foto de mi último servicio en el norte.

Me curtí en el sufrimiento y en la desgracia; vi cómo se paseaba la mítica parca rondando con su guadaña todo lo que vistiera de gris o de marrón; conseguí esquivarla. No voy a argumentar una intervención sobrenatural; soy demasiado pragmático para creer en esas cosas. Sencillamente, tuve suerte. Me endeudé emocional y psicológicamente y no era capaz de darme cuenta; estaba demasiado ocupado en velar por los míos: mi familia, mis compañeros y por mí mismo. Después, en Málaga, pagué la factura de esa deuda que había adquirido. Ahora estoy en paz conmigo mismo y con mi entorno. Lo superé. Una vez más, tuve suerte. Viví lo que es el compañerismo sin eufemismos, compañerismo de verdad, donde mi vida dependía de mis compañeros y la de ellos de mí. Fuimos una familia; aún hoy día nos reunimos, comemos juntos y celebramos la despedida del año recordando nuestros viejos tiempos. Después de 50 años seguimos manteniendo esa vitalidad y ganas de vivir intactas, como si aún tuviéramos veinte años. Siempre nos falta alguno que va quedando por este… cada vez más breve camino; vemos con tristeza que ha acabado la carrera, ya va uno más y ya vamos quedando menos. Para tranquilidad de los gobiernos, ¿cómo voy a rectificar esa época? Por nada.

No os robo más tiempo, demasiado me he extendido ya. Tres ruegos para mis jóvenes compañeros:

—No creáis que la transición que tan bien nos venden como algo inédito en la historia de la humanidad. Es una falacia, una mentira, un invento interesado políticamente. No fue ni modélica ni pacífica; es indigno y desvergonzado que jueguen así con la memoria de nuestros compañeros, guardias civiles, militares y ciudadanos, peones inocentes en un frívolo y cruel juego político. Es un insulto a nuestra inteligencia y al honor de nuestros muertos. La transición «modélica» costó mucha sangre, mucha violencia. Muchos de los nuestros quedaron por el camino. No lo olvidéis.

—Luchad por lo que tenéis, ni un paso atrás. Lo que tenéis ahora no ha venido por la empatía del Gobierno; ha costado sangre, sudor y muchas lágrimas. Solo tenéis que leer un poco más arriba el material que teníamos, las armas con las que le hacíamos frente a los que olían a etarra y lo que tenéis ahora. La sociedad ha evolucionado mucho, pero siempre hay que estar prevenido. Habéis tomado el relevo y no podéis bajar la guardia.

—Cuando veáis a un anciano que con su placa de jubilado se identifica, solo interesaros por su sombra, no por las arrugas o la lentitud de sus reflejos, de sus pasos o de sus gestos. Fijaos en la sombra. Es la sombra de un policía; sombra que le seguirá siempre hasta que ya no esté con nosotros; un anciano que vete tú a saber por lo que ha tenido que pasar para llegar hasta ahí. Es la sombra de un explorador que os abrió camino, sin nada más que su voluntad y ánimo para protegerse, siempre abandonados por propios y extraños, pero unidos, y unidos ganamos hasta conseguir contemplar lo que ahora sois vosotros y de lo que, en mi caso, me siento orgulloso. Queda mucho por hacer, desde luego, pero lo peor ya está hecho.



Gracias por abrirnos las puertas de una etapa tan importante de tu vida y por compartir con nuestros lectores unos recuerdos que durante décadas permanecieron en silencio. Más allá de la historia de un policía, esta entrevista deja el testimonio de toda una generación que sirvió a España en uno de los periodos más difíciles de nuestra historia reciente.

Ha sido un auténtico honor poder conocer tu historia. Te deseamos que sigas disfrutando de esta nueva etapa junto a tu familia, que continúes recorriendo kilómetros sobre esa moto que tanto te apasiona y que la vida te siga regalando salud, libertad y muchos momentos inolvidables. Después de tantos años de entrega y servicio, ahora toca disfrutar del camino, de los tuyos y de todo lo que aún está por venir.

Gracias por mantener viva la memoria de quienes ya no pueden contar su propia historia. Esa memoria también forma parte de nuestra historia y nunca debería caer en el olvido.


Si deseas seguir de cerca el trabajo, las reflexiones y las publicaciones de Paco Puertas, puedes hacerlo a través de sus redes sociales:

 🔗Facebook                  🔗Instagram


Y a todos nuestros lectores, gracias por acompañarnos una semana más en Diario Blue. Nos vemos el próximo sábado, a las 20:00 horas, con una nueva entrevista, una nueva historia y una nueva vida por descubrir.


Últimas entrevistas