La protagonista de esta entrevista es Yolanda Trancho, exmiembro de la Policía Nacional, escritora y conferenciante. Una mujer cuya vida ha estado marcada por una vocación temprana de servicio, por décadas de experiencia en primera línea de la realidad más dura y por una firme determinación de dar voz a quienes demasiadas veces permanecen en silencio.
Su historia no comenzó en una academia de policía ni en una comisaría. Comenzó muchos años antes, en un aula de colegio. Cuando cursaba 8º de EGB, su profesora preguntó a los alumnos qué querían ser de mayores. Las respuestas fueron las habituales: médico, maestro, abogado. Cuando llegó su turno, Yolanda respondió algo que sorprendió a todos.
—Policía Nacional.
La reacción fue inmediata. Su profesora, Carmela, le preguntó por qué.
—No quiero que la gente padezca ni muera.
Aquella respuesta, pronunciada siendo apenas una adolescente, no era fruto de una ocurrencia pasajera. Era el reflejo de una preocupación genuina por el sufrimiento humano en una España que todavía vivía bajo la amenaza constante del terrorismo de ETA. Mientras muchos jóvenes soñaban con profesiones admiradas socialmente, ella soñaba con proteger vidas.
Años después, aquella vocación se convertiría en realidad.
En 1990, con apenas 21 años, ingresó en la Policía Nacional. Lo hizo en una época muy diferente a la actual. Las mujeres representaban un porcentaje mínimo dentro del cuerpo. En algunos lugares ni siquiera existían vestuarios preparados para ellas. Su llegada coincidió con una etapa en la que ser mujer policía significaba abrir camino en un entorno profundamente masculino.
Aquellos primeros años no solo exigían aprender una profesión. También obligaban a demostrar constantemente la propia valía. Mientras sus compañeros eran evaluados únicamente por su trabajo, muchas mujeres de aquella generación sentían una presión añadida: demostrar una y otra vez que podían hacer exactamente lo mismo.
No era extraño que algunos compañeros las vieran como jóvenes aventureras o como simples "princesitas" que buscaban emociones. Sin embargo, la realidad terminó desmontando rápidamente esos prejuicios. Cada servicio, cada intervención y cada decisión profesional demostraban que la capacidad no entiende de género.
Aquella etapa fue una auténtica escuela de resistencia. No solo por las exigencias operativas del trabajo policial, sino por las barreras culturales que todavía existían dentro de algunas estructuras. Yolanda aprendió muy pronto que la resiliencia no consiste únicamente en soportar las dificultades, sino en mantener la propia voz y la propia identidad cuando otros intentan cuestionarlas.
Uno de los episodios que mejor resume aquella etapa llegó en 1995. Entonces tuvo que liderar un dispositivo compuesto por más de cincuenta hombres, siendo ella la única mujer al frente. No todos aceptaron inicialmente sus decisiones. Hubo resistencias y dudas. Sin embargo, al cabo de una semana, aquellos mismos hombres seguían sus órdenes sin cuestionar su autoridad por razón de género. Había conseguido algo mucho más importante que imponer liderazgo: había ganado respeto profesional.
Pero si aquellos años moldearon su carácter, fueron las experiencias acumuladas durante su carrera las que transformaron profundamente su forma de entender la vida.
Yolanda trabajó en diferentes destinos y especialidades dentro de la Policía Nacional, pasando por Seguridad Ciudadana y desarrollando gran parte de su carrera en la Brigada de Policía Judicial, donde permaneció durante quince años.
Allí conoció de cerca una realidad que pocas personas llegan a ver.
La policía le enseñó a convivir con el sufrimiento ajeno. Con la violencia. Con las injusticias. Con el miedo. Pero también con la fortaleza de quienes son capaces de levantarse después de haber vivido algunas de las peores experiencias imaginables.
A lo largo de los años comprendió que las historias que más marcan a un policía rara vez son las que aparecen en películas o series. No son necesariamente los grandes operativos ni las actuaciones espectaculares.
Lo que deja huella es el dolor silencioso.
La violencia que ocurre entre cuatro paredes.
Las víctimas que llegan destrozadas a una comisaría.
Los niños que sufren sin comprender por qué.
Las familias que intentan reconstruirse después de una tragedia.
Y también los propios compañeros que terminan cargando durante años con el peso emocional de una profesión que pocas veces permite mostrar debilidad.
Una de las reflexiones más profundas que extrae de su experiencia es precisamente esa: el enorme desgaste psicológico que soportan muchos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el silencio que durante décadas ha rodeado la salud mental dentro de la profesión.
Ver cómo personas valiosas eran quebradas por la presión acumulada, por la responsabilidad constante y por la falta de apoyo suficiente dejó una huella profunda en ella y transformó para siempre su visión del servicio público.
Sin embargo, si existe una historia capaz de resumir el contraste permanente que acompaña a la profesión policial, es una de las primeras experiencias que vivió patrullando en Barcelona.
Su comisaría era la de Concepción. Aquella mañana patrullaba a pie por las inmediaciones de la Sagrada Familia junto a un compañero. Era una jornada aparentemente rutinaria. Presencia policial, prevención de delitos y cercanía con la ciudadanía.
En un momento dado se cruzaron con un grupo de niños de unos cinco años que realizaban una excursión escolar.
Los pequeños quedaron fascinados al descubrir que aquella agente uniformada era una mujer.
Uno tras otro comenzaron a acercarse para chocar su mano mientras repetían emocionados:
—¡Una mujer policía!
Yolanda respondió a cada uno de ellos con una sonrisa y la mano extendida. Era un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo. Aquellos niños estaban descubriendo una realidad que años antes apenas existía.
Sin embargo, apenas unos minutos después, todo cambió.
Cuando regresaron al vehículo policial y retomaron el servicio, la emisora anunció un atentado terrorista.
Dos compañeros habían sido asesinados por ETA.
La alegría infantil y la tragedia absoluta quedaron separadas por apenas media hora.
Aquella experiencia le enseñó una de las grandes lecciones de la profesión: la vida puede cambiar radicalmente en cuestión de minutos.
Durante años continuó enfrentándose a realidades extremadamente complejas. Especialmente durante su etapa en grupos especializados en violaciones y malos tratos graves.
Quince años escuchando historias que dejan cicatrices.
Quince años atendiendo a víctimas que llegaban rotas por el miedo, el dolor o la violencia sufrida.
Quince años aprendiendo que escuchar también es una forma de proteger.
Porque tomar declaración a una mujer que acaba de sufrir una agresión sexual no consiste únicamente en recoger datos. Requiere pausas. Silencios. Empatía. Apoyo emocional. Humanidad.
Y, al mismo tiempo, exige rigor profesional para reconstruir cada detalle que permita detener al responsable.
Ese contraste también forma parte de la profesión. Puedes pasar horas escuchando con ternura a una víctima y poco después tener que intervenir con firmeza, cachear y detener a un agresor.
Esa convivencia permanente entre la empatía y la autoridad transformó profundamente su manera de entender el trabajo policial.
Con el paso de los años llegó a una conclusión fundamental: la policía no debe ser únicamente una fuerza de orden. También debe ser una fuerza de contención emocional.
Esa visión acabaría marcando igualmente su faceta como escritora.
La escritura apareció inicialmente como una herramienta de reflexión personal. Una forma de ordenar experiencias y emociones acumuladas durante años de servicio.
Sin embargo, terminó convirtiéndose en una segunda vocación.
Llegó un momento en el que comprendió que el silencio ya no era una opción.
Que muchas historias merecían ser contadas.
Que demasiadas heridas permanecían invisibles.
Y que la literatura podía convertirse en una herramienta para preservar la memoria, denunciar injusticias y abrir conversaciones necesarias.
Desde entonces, Yolanda ha dedicado gran parte de su trabajo literario a abordar cuestiones que conoce de primera mano: la violencia contra las mujeres, los delitos sexuales, el terrorismo, el sufrimiento de las familias de policías y guardias civiles, la salud mental en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y otras realidades que habitualmente permanecen alejadas de los focos.
Entre sus obras destacan títulos como Sangre de Valientes, donde da voz a mujeres e hijos de policías nacionales y guardias civiles que vivieron los años del terrorismo; No quiero ser mayor, basada en la historia real de una niña víctima de pederastia; y El peso de la placa, una profunda reflexión sobre la salud mental de quienes portan un uniforme.
Todos ellos comparten un mismo propósito: recordar que detrás de las estadísticas, de los informes y de los titulares siempre existen personas.
Mirando atrás, Yolanda considera que toda su trayectoria ha estado guiada por dos convicciones esenciales.
La primera, que servir a los ciudadanos constituye uno de los mayores honores que una persona puede asumir.
La segunda, que ninguna institución debería olvidar jamás que detrás de cada placa existe un ser humano.
Y quizás esa sea la idea que mejor resume toda una vida.
Porque detrás de cada uniforme hay una historia.
Detrás de cada intervención hay emociones.
Detrás de cada decisión hay consecuencias.
Y detrás de cada placa hay una persona que también siente, sufre, aprende y continúa adelante.
Antes de comenzar esta entrevista, Yolanda Trancho quiso compartir una última reflexión con los lectores de Diario Blue:
"Las historias que merecen ser contadas no siempre son las que aparecen en primera página. Muchas veces se encuentran en el silencio de quienes siguen adelante sin pedir reconocimiento alguno."
PREGUNSTAS
Diario Blue
Cuando recuerda a aquella niña que respondió en clase que quería ser Policía Nacional para que la gente no sufriera ni muriera, ¿qué siente al mirar todo el camino recorrido desde entonces?
Yolanda Trancho
Siento una mezcla de ternura y una profunda responsabilidad. Al mirar atrás, veo a una niña que buscaba un sentido de justicia y protección para los demás. Es un recuerdo enorme y muy bonito para mí. Pensar que, en una institución donde apenas había mujeres, una niña de 13 años quisiera formar parte de la Policía Nacional me parece, visto con la perspectiva del tiempo, un acto de valentía y también una forma de romper moldes.
Con los años, y con todo lo vivido, esa niña sigue recordándome algo fundamental: mi compromiso nunca fue únicamente con una institución, sino con las personas que sufren. Creo que mantener intacta esa pureza de intención, a pesar de las dificultades, las experiencias y el paso del tiempo, es probablemente mi mayor logro.
Diario Blue
Ingresó en la Policía Nacional en una época en la que las mujeres eran una minoría dentro del cuerpo. ¿Qué desafíos recuerda con más intensidad de aquellos primeros años?
Yolanda Trancho
El mayor desafío no fue el trabajo en sí, sino sentirte parte de una comunidad eminentemente masculina. Entrar en aquella estructura me obligó a aprender a no pedir permiso para ocupar mi espacio.
Lo que recuerdo con más intensidad es la sensación de que siempre estabas siendo observada. Existía una necesidad constante de no fallar, porque muchos ponían la atención en cada cosa que hacías. Un error propio no se interpretaba como algo individual, sino como una supuesta debilidad de todas las mujeres que formábamos parte del cuerpo.
Diario Blue
Mirando atrás, ¿cree que tuviste que demostrar más que otros compañeros por el simple hecho de ser mujer?
Yolanda Trancho
Absolutamente. No solo tuve que demostrar más, sino hacerlo con una perfección inalcanzable. Ser mujer en esa época significaba caminar sobre una cuerda floja: si eras dura, eras una “marimacho”; si eras empática, eras “blanda”. Aprendí a integrar mi feminidad no como una renuncia, sino como una herramienta de trabajo que aportaba una perspectiva que, a menudo, la mirada tradicional ignoraba.
Diario Blue
Liderar un dispositivo de más de cincuenta hombres siendo la única mujer no era algo habitual en aquellos años. ¿Qué te enseñó aquella experiencia sobre el respeto, la autoridad y el liderazgo?
Yolanda Trancho
Aquella experiencia me enseñó que la autoridad no nace del galón ni de la fuerza, sino del respeto ganado en el barro. El liderazgo real se demuestra cuando, en una situación de crisis, tus hombres confían en tus decisiones no porque eres mujer o porque eres hombre, sino porque saben que no los vas a abandonar, que estás con ellos en todo momento. Que tus decisiones no es que estén validadas por un superior, sino por unas leyes que se encuentran en nuestro ordenamiento jurídico.
El respeto es una moneda que se gana con coherencia, no con imposición.
Diario Blue
Después de convivir tan de cerca con víctimas de violencia y delitos sexuales, ¿qué aprendiste sobre la capacidad de resistencia de las personas?
Yolanda Trancho
Me enseñó que la resiliencia no es ausencia de dolor, sino la capacidad de reconstruirse sobre las ruinas.
He visto a personas con sus vidas destrozadas encontrar una fuerza que yo misma, con mi placa y mi arma, a veces no sabía de dónde sacar. La resistencia humana es infinita, pero esa fragilidad que queda al descubierto es la que debería obligarnos a ser más humanos en nuestra respuesta institucional. Por desgracia, esa fuerza en las víctimas no la encuentran en las instituciones, sino en la supervivencia del individuo.
Diario Blue
Durante quince años trabajó en grupos especializados en violaciones y malos tratos graves. ¿Qué impacto tuvo esa experiencia en su forma de ver la vida fuera del trabajo?
Yolanda Trancho
El impacto es inevitable; una no se quita el uniforme y se queda en la puerta.
Esa experiencia me cambió la forma de mirar a los demás: dejé de ver solo ciudadanos para ver historias, heridas invisibles y secretos. Mi forma de ver la vida se volvió más cautelosa, pero también mucho más profunda y menos superficial. Aprendí a valorar el silencio y la paz, porque sé lo que cuesta perderlos. Escuchar y tomar declaraciones sobre delitos atroces me marcó para siempre, porque no nos preparan para gestionar emociones ni para ver lo peor del ser humano. Y cuando te acuestas, la almohada puede ser muy tortuosa.
Diario Blue
Cuando recuerda aquellas declaraciones de víctimas que requerían horas de escucha, pausas y apoyo emocional, ¿qué es lo que más le sigue impresionando hoy?
Yolanda Trancho
Lo que más me impresiona es la necesidad vital de ser creída.
Cuando una víctima se sienta frente a ti, lo que más desea no es solo justicia procesal, sino que alguien valide que su dolor es real.
La paciencia, el silencio y la mirada son, a menudo, herramientas mucho más poderosas que un interrogatorio técnico.
La escucha es un acto de reparación.
Diario Blue
¿Existe alguna historia, sin necesidad de revelar identidades, que siga acompañándola después de tantos años?
Yolanda Trancho
Hay nombres y rostros, aunque no los mencione, que se quedan tatuados.
Especialmente aquellos casos donde la negligencia institucional o el olvido social fallaron a quienes debíamos proteger. Esas historias son las que me quitan el sueño y las que, en gran medida, me empujaron a escribir gran parte de mis libros.
El recuerdo es una forma de mantener viva la posibilidad de justicia.
Ya no son solo las víctimas del delito; son también las familias. Y nos olvidamos de algo muy importante, de lo que la gran mayoría no habla: los allegados del delincuente. Les culpamos en una gran mayoría de los casos y, sin embargo, obviamente también son víctimas.
Diario Blue
¿Hubo algún momento en el que comprendió que guardar silencio sobre determinadas realidades ya no era una opción?
Yolanda Trancho
El silencio se volvió insoportable cuando comprendí que el miedo a las represalias o al “qué dirán” de la institución era, en sí mismo, otra forma de violencia.
Cuando entendí que mi silencio protegía al sistema, pero sacrificaba a las víctimas, supe que hablar no era una opción, sino una obligación moral.
Por eso suelo escribir de lo que a la gente no le gusta saber o reconocer. Del olvido, de los silenciados.
Diario Blue
Sus libros abordan terrorismo, violencia, pederastia, salud mental y sufrimiento humano. ¿Qué le impulsa a adentrarse en temas que muchas personas prefieren evitar?
Yolanda Trancho
Escribo porque la memoria es el único freno ante la repetición del horror.
La sociedad prefiere mirar a otro lado porque la verdad es incómoda y duele. Pero, como profesional, he visto que los problemas solo pueden sanar si se nombran. Mi literatura es mi manera de denunciar lo que se quiere ocultar.
Diario Blue
Como escritora, ¿qué historias siente que todavía necesitan ser contadas y escuchadas por la sociedad?
Yolanda Trancho
Necesitamos contar las historias de los invisibles, de quienes sufren el abandono silencioso.
Especialmente, creo que debemos hablar más sobre el impacto psicológico del trabajo policial y la salud mental de los agentes.
También de las víctimas de delitos que se ocultan por vergüenza. De la pederastia, por desgracia, tenemos a muchos infantes víctimas de delitos sexuales que nunca se conocerán.
Diario Blue
Si pudiera sentarse hoy frente a la Yolanda de 21 años que acababa de ingresar en la Policía Nacional, ¿qué consejo le daría?
Yolanda Trancho
Le diría: “Prepárate para la decepción, pero nunca dejes que el cinismo te gane”. Le diría que su sensibilidad no es una debilidad, sino su mayor talento.
Y, sobre todo, le recordaría que no tenga miedo de ser ella misma, incluso cuando todo el sistema le pida que sea otra
cosa.
Diario Blue
Hay experiencias que el paso del tiempo no consigue borrar. ¿Existe alguna historia que vivió durante su trayectoria profesional y que, todavía hoy, siga acompañándola de una forma especial?
Yolanda Trancho
Hay casos que no se borran porque no tienen un cierre, solo dejan un vacío.
Recuerdo especialmente a una adolescente que llegó de madrugada a comisaría, trasladada por un taxista. No recordaba nada y se encontraba en un estado de desorientación total.
Cuando fuimos a trasladarla a su casa, no había nada que denunciar. Creíamos que podía tratarse de una gran borrachera o del consumo de drogas, aunque no tenía apariencia de consumidora. Sin embargo, la silla donde había estado sentada estaba empapada en sangre. No sabíamos qué había sucedido.
Al llegar al hospital, la realidad que descubrimos fue devastadora: le habían seccionado los labios genitales, al parecer con unos alicates, según el ginecólogo y por las lesiones que presentaba.
Fue una investigación larga y dolorosa, pero nunca logramos identificar a los autores.
La imagen de aquella joven en la cama del hospital, sin historia, sin recuerdos de su propia agresión y enfrentándose a una reconstrucción física tan brutal, es algo que me acompaña siempre.
No hay nada que uno pueda aportar como policía cuando la justicia no llega; solo queda el acompañamiento y el peso de esa impotencia.
Esa historia es, en gran medida, el recordatorio constante de por qué el olvido es una segunda victimización y por qué es tan necesario poner nombre a lo que la sociedad prefiere esconder.
Diario Blue
Y para terminar, cuando dentro de muchos años alguien abra uno de sus libros sin haberla conocido personalmente, ¿qué le gustaría que entendiera sobre la vida al cerrar la última página?
Yolanda Trancho
Me gustaría que entendieran que, a pesar de la oscuridad que a veces narro, siempre hay una búsqueda incansable de humanidad.
Que cerrar el libro les deje una pregunta en la cabeza sobre su propia capacidad de cuidar a los demás.
Si alguien entiende que la justicia es, ante todo, un acto de empatía, habré cumplido mi propósito.
La historia de Yolanda Trancho es la de una mujer que decidió abrirse camino en una profesión donde las mujeres todavía eran una excepción. Es la historia de una policía que convivió durante años con algunas de las realidades más duras de nuestra sociedad, pero también la de una persona que nunca perdió la capacidad de escuchar, comprender y mirar más allá de los hechos para encontrar a las personas que había detrás de ellos.
A lo largo de esta conversación hemos recorrido una trayectoria marcada por la vocación de servicio, el compromiso con las víctimas, la lucha contra el olvido y la necesidad de poner voz a quienes rara vez ocupan las primeras páginas. Una trayectoria que no terminó al dejar el uniforme, sino que encontró una nueva forma de continuar a través de la escritura.
Sus palabras nos recuerdan que la justicia no puede limitarse a procedimientos o sentencias; también necesita memoria, empatía y humanidad. Porque detrás de cada caso hay una historia, detrás de cada víctima hay una vida y detrás de cada profesional existe una persona que también carga con sus propias heridas.
Desde Diario Blue queremos agradecer a Yolanda Trancho su cercanía, su sinceridad y la generosidad con la que ha compartido parte de su experiencia y de sus reflexiones con nuestros lectores.
Pueden seguir su trabajo y conocer más sobre sus publicaciones a través de su perfil de Instagram:
Instagram: [@yolandatrancho_escritora](https://www.instagram.com/yolandatrancho_escritora?igsh=eGV5M3R2Y2txejdl)
Seguimos contando historias. Seguimos escuchando a quienes tienen algo que decir. Nos vemos en la próxima entrevista de Diario Blue.
