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Desde Argentina: la historia de un hombre que nunca dejó de servir

Desde Argentina: la historia de un hombre que nunca dejó de servir

En nuestra primera entrevista internacional, viajamos hasta Argentina para conocer la historia de un hombre que ha dedicado más de cinco décadas al servicio de la seguridad pública.


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Bienvenidos a una nueva entrevista de Diario Blue. En esta ocasión, nuestro espacio cruza fronteras por primera vez para presentar su primera entrevista internacional, una conversación que nos lleva hasta Argentina para conocer una trayectoria profesional y humana construida durante más de cinco décadas al servicio de la seguridad pública.

La historia de nuestro protagonista comenzó mucho antes de su ingreso en la Policía Federal Argentina. Su primer acercamiento a la responsabilidad de proteger a los demás se produjo cuando apenas tenía doce años y cursaba el último año de la escuela primaria en el Instituto Félix Fernando Bernasconi, en Buenos Aires.

Una delegación de la Policía Federal Argentina acudió al centro educativo para impartir unos talleres de educación vial. Como parte de aquella actividad, fue seleccionado mediante un sorteo para desempeñar la función de Alumno Guía. Su cometido consistía en detener el tránsito y facilitar que sus compañeros cruzaran la calle con seguridad, siempre bajo la supervisión del personal policial femenino perteneciente al área de Tránsito.

Para un niño de su edad, aquella tarea representaba mucho más que una actividad escolar. Significaba asumir una responsabilidad directa sobre la seguridad de otras personas. Aunque todavía no podía imaginar el camino que recorrería años después, aquella experiencia despertó en él un profundo sentido del deber y del servicio a la comunidad.

Su infancia también estuvo marcada por las dificultades familiares. Con solo doce años tuvo que incorporarse al mundo laboral, una circunstancia que le obligó a madurar antes de tiempo. Trabajó desde muy joven y, al cumplir los dieciocho años, mientras se desempeñaba en una agencia de investigaciones, inició los trámites para realizar el servicio como agente conscripto de la Policía Federal Argentina.

Tras superar un exigente proceso de selección, el 2 de julio de 1974, con diecinueve años recién cumplidos, ingresó oficialmente en la institución. Aquello que comenzó como el cumplimiento de una obligación terminó convirtiéndose en una verdadera vocación.

Los agentes conscriptos de aquella época eran conocidos popularmente como «Coreanos». La explicación histórica de este apodo se relaciona con la creación de esta modalidad de servicio durante los años de la Guerra de Corea, desarrollada entre 1950 y 1953, así como con la precariedad de los primeros uniformes utilizados por los jóvenes.

También influyó la imagen de aquellos reclutas después de las duras jornadas de instrucción: exhaustos, con la cabeza rapada, cubiertos de barro y vestidos con prendas de campaña. Una estampa que, unida a la picardía popular argentina, terminó consolidando aquel sobrenombre dentro de la vida cotidiana de la institución.

La modalidad de agentes conscriptos estuvo vigente entre 1950 y 1975 y permitió que miles de jóvenes cumplieran la denominada «colimba», es decir, el servicio militar obligatorio, dentro de las filas de la Policía Federal Argentina.

Décadas después, y gracias al trabajo de la Comisión de Agentes Conscriptos, el 31 de agosto fue reconocido oficialmente como Día del Agente Conscripto de la Policía Federal Argentina. La fecha fue instaurada en 2025 mediante la Orden del Día número 176, como homenaje a los más de 60.000 ciudadanos que prestaron este servicio en la fuerza durante sus veinticinco años de existencia.

Durante aquel primer periodo como conscripto, nuestro entrevistado comenzó a conocer la realidad de la calle. Accidentes, delitos, tragedias humanas, conflictos y un contacto permanente con la ciudadanía fueron definiendo su manera de entender la profesión.

Pronto comprendió que ser policía no consistía únicamente en vestir un uniforme o portar un arma reglamentaria. Implicaba aceptar un compromiso constante con los demás, intervenir en situaciones imprevisibles y estar preparado para adoptar decisiones capaces de cambiar el desenlace de una vida.

Uno de los primeros episodios que puso a prueba esa vocación ocurrió cuando todavía tenía diecinueve años. Mientras realizaba un servicio de vigilancia adicional en una planta fabril situada en el barrio de Barracas, en la ciudad de Buenos Aires, un grupo delictivo armado irrumpió en el complejo con la intención de cometer un robo.

Aunque se encontraba vestido de civil, su corte de cabello, propio del periodo de instrucción policial, hizo que los asaltantes sospecharan de su condición. Uno de ellos le apuntó directamente a la cabeza con una pistola de calibre 11,25, conocida popularmente como una «45», mientras una mujer que acompañaba al grupo lo registraba y le retiraba el arma reglamentaria que llevaba en la cintura.

El individuo comenzó a conducirlo hacia una zona más oscura y alejada del complejo. Con el paso de los años, nuestro entrevistado ha llegado a la conclusión de que probablemente pretendían acabar con su vida.

Su compañero de servicio observó la maniobra desde los techos de la planta y decidió intervenir. La posición del agresor era especialmente delicada, por lo que optó por no efectuar un disparo que pudiera provocar una reacción refleja y poner en peligro al joven agente. En su lugar, dio la voz de alto y consiguió generar una distracción decisiva.

Aquel instante permitió que el agente conscripto reaccionara con rapidez, redujera al individuo y coordinara la llegada del apoyo táctico. La intervención concluyó con la detención de los integrantes de la banda.

Años después, cuando ya ostentaba el rango de sargento y desarrollaba tareas de investigación en el microcentro de Buenos Aires, volvió a vivir una circunstancia que marcaría su concepción sobre el destino y la protección divina.

Una demora imprevista impidió que llegara a la hora habitual a un polígono de tiro al que acudía con frecuencia de manera particular. Minutos antes de su llegada se produjo en las instalaciones una devastadora explosión causada por una deflagración de pólvora, un suceso que provocó víctimas mortales.

Tanto aquel enfrentamiento durante su juventud como la demora que evitó que estuviera presente en el polígono reforzaron su fe. Para él, haber salido ileso de esas y otras situaciones de extremo peligro no respondió únicamente a la casualidad. Llegó a sentir que su permanencia en este mundo obedecía a un propósito superior y que una guía divina lo había protegido para afrontar otros desafíos.

A lo largo de su carrera desempeñó funciones operativas de gran responsabilidad. Formó parte de la custodia del subjefe de la Policía Federal Argentina y participó en investigaciones relacionadas con el narcotráfico, el contrabando, las defraudaciones y otros delitos complejos.

La labor investigativa le permitió conocer de cerca diferentes formas de criminalidad y desarrollar una capacidad de observación que considera fundamental en el trabajo policial. La experiencia acumulada en miles de intervenciones le enseñó a interpretar conductas, detectar indicios, anticipar riesgos y comprender aspectos del comportamiento humano que difícilmente pueden adquirirse únicamente mediante el estudio teórico.

En 1978 fue seleccionado, junto con otros cuatrocientos efectivos, para integrar un dispositivo especial de preparación militar durante el conflicto limítrofe entre Argentina y Chile. Los agentes recibieron un entrenamiento intenso ante la posibilidad de un enfrentamiento armado que finalmente no llegó a producirse gracias a la mediación papal.

Cuatro años más tarde, durante la Guerra del Atlántico Sur, volvió a demostrar su disposición a servir. En 1982 fue uno de los primeros voluntarios que se ofrecieron para viajar a las Islas Malvinas.

Finalmente no llegó a partir debido al desenlace del conflicto, pero aquella decisión quedó grabada como uno de los actos más importantes de su vida. En aquel momento su hija tenía apenas tres meses y no le contó a su esposa que se había presentado voluntario hasta un año después. Aunque no pisó las islas, siempre ha sentido que acompañó aquella guerra con el corazón de un soldado argentino.

Las reuniones posteriores con veteranos de Malvinas constituyen algunas de las experiencias más emotivas que conserva. En esos encuentros asegura haber sido recibido como uno más por haber compartido el mismo espíritu de entrega y la voluntad de acudir cuando su país lo necesitaba.

Su carrera también lo llevó a participar directamente en algunos de los episodios más dolorosos de la historia reciente de Argentina.

En 1992 intervino en las tareas de rescate posteriores al atentado contra la Embajada de Israel en Buenos Aires. Dos años después volvió a trabajar entre los escombros tras el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina, la AMIA.

Aquellas labores humanitarias, desarrolladas en escenarios de destrucción, pérdida y sufrimiento, dejaron una huella imborrable en su memoria. Más allá del trabajo operativo, significaron enfrentarse a la dimensión humana de la tragedia y acompañar a una sociedad golpeada por el terrorismo.

Otro de los momentos más trascendentes de su trayectoria fue formar parte de la custodia del papa Juan Pablo II durante una de sus visitas a Argentina.

Hasta hoy continúa preguntándose si aquella designación fue fruto de una casualidad, un reconocimiento a su trabajo profesional o una nueva manifestación de la voluntad de Dios. Con el paso del tiempo, la experiencia ha adquirido para él un significado todavía más profundo: no solo custodió al máximo representante de la Iglesia católica, sino a una persona que posteriormente sería reconocida como santa.

«Ahora reflexiono y pienso: fui custodio de un santo», afirma al recordar aquel servicio.

Junto a su experiencia operativa, la formación académica ocupó siempre un lugar central en su vida. En 1983 consiguió finalizar los estudios secundarios mientras continuaba prestando servicio, demostrando que las exigencias profesionales no tenían por qué impedir su crecimiento personal.

Su objetivo era ingresar en el entonces Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina, pero diferentes cuestiones administrativas retrasaron durante años aquella posibilidad. Lejos de abandonar su propósito, continuó insistiendo hasta poder cursar la Licenciatura en Ciencias de la Seguridad.

En el año 2000 alcanzó uno de los logros que considera más importantes de su carrera: se convirtió en el primer suboficial superior de la Policía Federal Argentina en obtener el título universitario de licenciado en Ciencias de la Seguridad.

Compartió las aulas con oficiales superiores y demostró que el esfuerzo, la capacidad y la perseverancia no dependen de una jerarquía. Para él, aquel título no fue únicamente un logro personal, sino una forma de abrir camino y cuestionar los límites que tradicionalmente separaban la formación académica de las distintas escalas policiales.

Su visión profesional se construyó, por tanto, a partir de dos pilares inseparables: la experiencia de la calle y el conocimiento universitario.

Considera que la práctica diaria permite desarrollar intuición, prudencia y capacidad para anticipar situaciones, pero también sostiene que la preparación académica es indispensable para convertir la experiencia en verdadero profesionalismo. La seguridad, desde su perspectiva, debe ejercerse con formación, criterio, responsabilidad y vocación de servicio.

Tras veintidós años en la Policía Federal Argentina tomó la decisión de continuar su trayectoria en el ámbito privado. Se desempeñó como supervisor de seguridad bancaria y posteriormente trabajó en diferentes empresas, entre ellas AySA.

Sin embargo, su relación con el servicio público todavía no había terminado.

En 2009 fue convocado para participar en el proyecto de creación de la Policía Metropolitana de Buenos Aires. Tenía cincuenta y cinco años cuando aceptó el reto de comenzar prácticamente desde cero junto a otros policías retirados.

Formó parte de la primera promoción de aquella fuerza y aportó la experiencia adquirida durante décadas de actividad policial a una institución que comenzaba a construir su identidad, sus procedimientos y su estructura operativa.

Años después, con la creación de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, volvió a vivir un acontecimiento histórico al convertirse también en uno de sus integrantes fundadores.

Su trayectoria reúne así distintas etapas de la seguridad pública argentina: desde el antiguo sistema de agentes conscriptos hasta la evolución y creación de nuevas instituciones policiales. Ha conocido la calle, la investigación, las custodias, la seguridad privada, la formación universitaria y la construcción de cuerpos policiales desde sus primeros pasos.

También ha participado en congresos, jornadas académicas, seminarios y conferencias relacionados con la seguridad, el terrorismo internacional, la prevención del delito y las políticas públicas. Considera que la formación permanente no es una opción, sino una obligación ética para quienes dedican su vida a proteger a los demás.

Durante la pandemia tuvo que permanecer en su domicilio hasta poder recibir la vacunación y regresar al servicio. Aquella pausa forzada le permitió detenerse por primera vez en mucho tiempo y reflexionar sobre su historia personal y profesional.

De ese periodo nació su libro Contra Viento y Marea, una obra todavía pendiente de algunos retoques antes de quedar completamente terminada. En sus páginas pretende recoger una vida marcada por el esfuerzo, los obstáculos, los riesgos, la fe y la perseverancia.

El título resume una trayectoria construida frente a las dificultades. Una vida en la que tuvo que trabajar desde niño, superar barreras administrativas, afrontar situaciones que pudieron costarle la vida, intervenir en escenarios de terrorismo y comenzar nuevas etapas profesionales cuando otros habrían considerado que el momento de asumir desafíos ya había pasado.

Hoy, después de más de cinco décadas dedicadas a la seguridad, no recuerda en primer lugar los cargos, las condecoraciones o las jerarquías alcanzadas. En su memoria permanecen principalmente los compañeros, las largas noches de servicio, los ciudadanos a los que pudo ayudar, las vidas salvadas y las tragedias compartidas.

También conserva el orgullo de haber servido a su país con honestidad y de haber mantenido intacta una vocación que comenzó siendo apenas un niño encargado de ayudar a sus compañeros a cruzar una calle.

Su forma de entender la profesión puede resumirse en una de sus reflexiones:

«La calle fue mi mayor universidad. Allí aprendí que la experiencia, la observación y el trato diario con todo tipo de personas permiten anticipar situaciones antes de que ocurran. Sin embargo, también comprendí que el conocimiento académico es indispensable para transformar esa experiencia en verdadero profesionalismo. La seguridad se ejerce con preparación, prudencia y vocación de servicio».

A esa reflexión se suma una frase que ha acompañado su recorrido vital:

«Vale la pena vivir por aquello por lo que se está dispuesto a morir».

Para nuestro entrevistado, el verdadero reconocimiento no procede de los ascensos ni de las medallas. Se encuentra en la tranquilidad de saber que cumplió con su deber con dignidad, honestidad y vocación de servicio.

Porque, como él mismo sostiene, el estado policial no termina con el retiro. Es una forma de vivir, de pensar y de servir que acompaña hasta el último día a quienes abrazaron verdaderamente esa vocación.

A continuación, en esta primera entrevista internacional de Diario Blue, recorremos con él una vida marcada por el servicio, el riesgo, la preparación, la fe y la convicción de que siempre queda algo nuevo por aprender y aportar.



PREGUNTAS

Diario Blue: En 1974 ingresó como agente conscripto en la Policía Federal Argentina, cuando apenas tenía diecinueve años. ¿Qué expectativas tenía antes de entrar y qué realidad encontró durante sus primeros meses de servicio?

Eduardo:

Cuando ingresé en 1974 como agente conscripto de la Policía Federal Argentina tenía apenas diecinueve años. Como muchos jóvenes de esa edad, llegaba con incertidumbres, curiosidad y el deseo de servir, sin imaginar que esa experiencia marcaría el rumbo de toda mi vida.

Los primeros meses fueron exigentes. La disciplina, el uniforme, el arma reglamentaria, las largas guardias, el frío de las noches de servicio, el compañerismo y la responsabilidad de proteger a la sociedad me hicieron comprender que ser policía era mucho más que un trabajo: era una vocación.

Fue en esos días donde descubrí el verdadero significado del compromiso, el sacrificio y el honor de estar al servicio de los demás. Aquella etapa forjó mi carácter y despertó una vocación que me acompañó durante toda mi carrera.


Diario Blue: A los agentes conscriptos se les conocía popularmente como «Coreanos». ¿Cómo vivían ustedes aquel apodo y qué significaba formar parte de una modalidad de servicio por la que pasaron más de 60.000 jóvenes entre 1950 y 1975?

Eduardo:

Antes que molestarnos, el apodo de «Coreanos» terminó convirtiéndose en una identidad que asumíamos con orgullo. Identificaba a los jóvenes conscriptos que, con apenas 19 años, dejábamos atrás la vida cotidiana para vestir el uniforme de la Policía Federal Argentina y asumir una enorme responsabilidad al servicio de la sociedad.

Éramos conscientes de que formábamos parte de una etapa muy particular de la institución. Saber que más de 60.000 jóvenes pasaron por esa modalidad de servicio entre 1950 y 1975 nos hace sentir parte de una generación que aportó sacrificio, disciplina y vocación.

Para muchos de nosotros, esa experiencia no solo marcó nuestra juventud, sino que definió nuestro futuro. En mi caso, allí nació la vocación que me llevó a permanecer en la institución hasta el día de mi retiro.


Diario Blue: El 31 de agosto fue reconocido oficialmente en 2025 como Día del Agente Conscripto de la Policía Federal Argentina. ¿Qué representa para usted este reconocimiento y qué memoria considera que debe conservarse de aquellos jóvenes?

Eduardo:

Para mí, el reconocimiento del 31 de agosto como Día del Agente Conscripto de la Policía Federal Argentina es un acto de justicia histórica. Durante muchos años, miles de jóvenes prestamos servicio con entrega, disciplina y un profundo sentido del deber, pero nuestra participación quedó casi en el olvido. Que hoy exista una fecha para recordarnos significa valorar el aporte de quienes, siendo apenas adolescentes, asumimos la responsabilidad de proteger a la sociedad.

La memoria que debe conservarse es la de aquellos jóvenes que, con vocación y sacrificio, soportaron largas guardias, el frío de las noches, los riesgos del servicio y el compañerismo que nos unía. Muchos continuamos nuestra carrera en la institución y otros siguieron distintos caminos, pero todos compartimos el orgullo de haber servido a la patria.

Esa historia merece ser conocida por las nuevas generaciones, porque forma parte del legado y de la identidad de la Policía Federal Argentina.


Diario Blue: Durante su etapa como conscripto fue retenido por una banda armada en una fábrica de Barracas y llegó a tener una pistola apuntándole a la cabeza. ¿Cómo recuerda aquellos minutos y qué importancia tuvo la actuación de su compañero para salvarle la vida?

Eduardo:

Aquel episodio quedó grabado para siempre en mi memoria. Fueron minutos de una tensión indescriptible. Estar reducido por delincuentes armados y sentir el cañón de una pistola apoyado en mi cabeza me hizo comprender, siendo muy joven, que la vida podía cambiar en un instante. En esos momentos uno no piensa en el heroísmo, sino en mantener la calma y esperar la oportunidad para salir con vida.

La actuación de mi compañero fue decisiva. Su serenidad, valentía y rápida intervención permitieron cambiar el rumbo de una situación que parecía no tener salida. Siempre sostuve que ese día me salvó la vida.

Esa experiencia también fortaleció aún más el valor del compañerismo, porque en la Policía uno aprende que la confianza mutua y el respaldo entre camaradas pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Aquello reafirmó mi compromiso con la institución y con la vocación de servicio que me acompañó hasta el retiro.


Diario Blue: En aquella intervención tuvo que reaccionar rápidamente, reducir a uno de los asaltantes y coordinar la llegada del apoyo. ¿Qué pasa por la mente de un agente tan joven cuando comprende que una decisión equivocada puede tener consecuencias irreversibles?

Eduardo:

Cuando uno tiene 19 años no alcanza a dimensionar completamente el riesgo, pero sí sabe que debe actuar con responsabilidad. En una situación límite no hay tiempo para dudar: el entrenamiento, la disciplina y la confianza en el compañero son los que guían cada decisión. Uno es consciente de que un error puede costar la vida de un camarada, de un ciudadano o la propia.

En aquella intervención actué con la convicción de cumplir con mi deber. Reducir a uno de los asaltantes y coordinar la llegada del apoyo fue una decisión que exigió rapidez, pero también serenidad. Con el paso de los años comprendí aún más el verdadero peso de esos segundos. Aquella experiencia me enseñó que el valor no consiste en no sentir miedo, sino en sobreponerse a él para proteger a los demás y cumplir con la misión encomendada.


Diario Blue: Años después, una demora evitó que estuviera presente durante la explosión de un polígono de tiro en el que fallecieron varias personas. ¿Cómo influyeron estos episodios en su fe y en su convicción de que existía un propósito superior para su vida?

Eduardo:

Aquellas experiencias marcaron profundamente mi vida. Haber sobrevivido a un hecho en el que tuve una pistola apuntándome a la cabeza y, años después, no estar presente en el polígono el día de la explosión por una demora inesperada, me hizo reflexionar mucho sobre el destino y el sentido de la vida.

Siempre respeté el trabajo, la preparación y la responsabilidad profesional, pero también llegué a la convicción de que Dios tenía un propósito para mí. Sentí que había sido preservado por una razón: seguir sirviendo, formar una familia, ayudar a los demás y completar una carrera que ejercí con orgullo hasta mi retiro.

Esas vivencias fortalecieron mi fe y me enseñaron a valorar cada día como un regalo, recordando siempre a quienes no tuvieron la misma oportunidad y honrando su memoria con una vida de servicio y compromiso.


Diario Blue: A lo largo de su carrera participó en investigaciones sobre narcotráfico, contrabando, defraudaciones y delitos complejos. ¿Qué cualidades considera imprescindibles para desarrollar una buena labor investigativa?

Eduardo:

Creo que un buen investigador debe reunir varias cualidades esenciales: honestidad, paciencia, capacidad de observación y una permanente vocación de servicio. Investigar no consiste solo en reunir pruebas, sino en saber interpretar los hechos, verificar cada dato y nunca sacar conclusiones apresuradas.

También considero fundamental la perseverancia. Muchas investigaciones se resuelven después de meses o incluso años de trabajo silencioso, donde la experiencia, el análisis y el trabajo en equipo resultan decisivos. A lo largo de mi carrera comprendí que la intuición puede orientar, pero siempre debe estar respaldada por pruebas objetivas.

Por encima de todo, un investigador debe actuar con ética y respeto por la ley. La credibilidad se construye con profesionalismo, imparcialidad y compromiso con la verdad, porque el verdadero objetivo no es solo esclarecer un delito, sino contribuir a que se haga justicia.


Diario Blue: También integró la custodia del Subjefe de la Policía Federal Argentina. ¿Qué nivel de preparación, discreción y responsabilidad exige proteger a una autoridad de ese rango?

Eduardo:

Integrar la custodia del Subjefe de la Policía Federal Argentina significó para mí una gran responsabilidad y, al mismo tiempo, una demostración de confianza por parte de la institución. Es una función que exige una preparación permanente, excelente condición física, capacidad de anticipación y un conocimiento preciso de los protocolos de seguridad.

Pero, por encima de todo, requiere absoluta discreción, autocontrol y un alto sentido del deber. Quien cumple esa misión debe estar atento a cada detalle, evaluar constantemente los riesgos y tomar decisiones rápidas y acertadas, siempre con serenidad. En ese tipo de servicio no hay lugar para el protagonismo; la prioridad es proteger la vida de la autoridad asignada y garantizar el cumplimiento de su función con profesionalismo.

Esa experiencia reafirmó en mí valores que siempre guiaron mi carrera: disciplina, lealtad, responsabilidad y un profundo compromiso con el servicio a la comunidad y a la institución.


Diario Blue: Durante la Guerra del Atlántico Sur fue uno de los primeros voluntarios que se ofrecieron para viajar a las Islas Malvinas. Su hija tenía apenas tres meses y no se lo contó a su esposa hasta un año después. ¿Qué le impulsó a presentarse y cómo valora hoy aquella decisión?

Eduardo:

Me impulsó el mismo sentimiento que había guiado toda mi carrera: el deber de servir a la patria. Cuando se convocó a voluntarios, no dudé en ofrecerme. Sabía que mi hija tenía apenas tres meses y que mi familia me necesitaba, pero también sentía que, como integrante de la Policía Federal Argentina, debía estar dispuesto a cumplir con mi responsabilidad en un momento tan trascendente para el país.

No se lo conté a mi esposa hasta un año después porque no quise agregarle una preocupación más en medio de la incertidumbre que se vivía. Fue una decisión difícil, tomada con el corazón dividido entre mi familia y el deber.

Hoy, con la perspectiva que dan los años, valoro aquella decisión como un acto de compromiso y amor por la patria. Me siento orgulloso de haber dado un paso al frente cuando fui requerido. Al mismo tiempo, esa experiencia me hizo valorar aún más a mi familia, que siempre fue mi sostén. Creo que el verdadero servicio implica estar dispuesto a asumir responsabilidades, sin perder nunca de vista el enorme valor de quienes nos esperan en casa.


Diario Blue: Aunque finalmente no llegó a partir hacia las islas, los veteranos de Malvinas siempre lo han recibido como uno más. ¿Qué significado tienen para usted esos encuentros y qué siente cuando comparte recuerdos con quienes sí participaron directamente en la guerra?

Eduardo:

Para mí es un honor y una profunda emoción que los veteranos de Malvinas me reciban como a uno de los suyos. Aunque finalmente no viajé a las islas, estuve dispuesto a hacerlo desde el primer momento, y ellos siempre comprendieron ese compromiso. Ese gesto de reconocimiento lo valoro enormemente y lo llevo con mucho respeto.

Cada encuentro con los veteranos es una oportunidad para escuchar, aprender y rendir homenaje a quienes vivieron la guerra en primera persona. Compartir sus recuerdos, sus vivencias y también sus silencios me permite comprender aún más la dimensión del sacrificio que hicieron por la patria.

Siempre procuro mantener viva su memoria y transmitir a las nuevas generaciones el respeto que merecen. Los verdaderos protagonistas son quienes combatieron en Malvinas y, para mí, acompañarlos y honrar su legado es una forma de reafirmar los valores de servicio, patriotismo y camaradería que marcaron toda mi vida.

Diario Blue: En 1992 trabajó en las tareas de rescate tras el atentado contra la Embajada de Israel y, dos años después, volvió a intervenir entre los escombros de la AMIA. ¿Qué imágenes y emociones permanecen en su memoria de aquellos dos escenarios?

Eduardo:

Aquellos dos atentados quedaron grabados para siempre en mi memoria, aunque mi participación fue diferente en cada uno de ellos. En el atentado contra la Embajada de Israel, en 1992, cumplí funciones de servicio perimetral, colaborando en el resguardo de la zona y en las tareas de seguridad mientras se desarrollaba el operativo de emergencia.

En cambio, en 1994, tras el atentado contra la AMIA, trabajé directamente en el lugar, colaborando en las tareas de rescate. Esa fue una experiencia profundamente conmovedora. Ver la destrucción, el esfuerzo incansable de los rescatistas y la angustia de los familiares es algo que nunca se olvida.

Ambos hechos me marcaron profundamente y me recordaron el enorme costo humano que tiene el terrorismo. También reafirmaron mi convicción de que, aun en los momentos más dolorosos, el deber de un policía es estar donde la sociedad más lo necesita, brindando apoyo, seguridad y solidaridad a las víctimas y a sus familias.


Diario Blue: Cuando un policía interviene después de un atentado, además del peligro y la exigencia operativa se enfrenta al dolor de las víctimas y sus familiares. ¿Cómo se aprende a continuar trabajando en medio de una tragedia de semejante magnitud?

Eduardo:

Nadie está realmente preparado para enfrentar una tragedia de esa magnitud. La formación profesional enseña a actuar con disciplina, serenidad y eficacia, pero el dolor humano siempre impacta. Ver el sufrimiento de las víctimas, la desesperación de los familiares y la magnitud de la destrucción dejan una huella que acompaña para toda la vida.

En esos momentos, uno aprende a seguir adelante porque entiende que las personas afectadas necesitan que el personal actúe con firmeza y profesionalismo. Hay que dejar las emociones en un segundo plano mientras dura la emergencia, concentrarse en rescatar, asistir, proteger y cumplir con la misión. Recién después, cuando todo termina, uno toma verdadera dimensión de lo vivido.

Esas experiencias me enseñaron el valor de la fortaleza interior, del trabajo en equipo y de la vocación de servicio. También me hicieron comprender que detrás de cada procedimiento hay personas, familias e historias, y que la mayor satisfacción de un policía es saber que hizo todo lo posible para ayudar en uno de los momentos más difíciles de sus vidas.


Diario Blue: Con el paso del tiempo, Juan Pablo II fue canonizado y usted suele reflexionar diciendo que fue custodio de un santo. ¿Qué dimensión personal y espiritual ha adquirido aquella experiencia para usted?

Eduardo:

Con el paso de los años comprendí que algunas experiencias adquieren un significado que va más allá de lo profesional. Cuando tuve el privilegio de integrar el operativo de seguridad de Juan Pablo II, cumplí mi deber como policía. Pero cuando fue canonizado, sentí que la Providencia me había concedido una gracia que solo pude entender con el tiempo: haber sido custodio de un santo.

No lo veo como una casualidad, sino como uno de esos misterios con los que Dios va marcando nuestro camino. Al mirar hacia atrás, encuentro un hilo invisible que une los momentos en que la vida me protegió, las decisiones que tomé y las personas que tuve el privilegio de conocer. Todo ello fortaleció mi fe y mi convicción de que cada uno tiene una misión que cumplir.

Hoy recuerdo aquella experiencia con profunda emoción y humildad. Pienso que, por unos instantes, la Providencia quiso que mis pasos coincidieran con los de un hombre que luego sería reconocido por la Iglesia como santo. Esa certeza me invita a vivir con gratitud, a servir siempre con honestidad y a creer que, cuando actuamos con rectitud, Dios guía nuestros pasos incluso cuando nosotros aún no alcanzamos a comprender el sentido de nuestro camino.


Diario Blue: En el año 2000 se convirtió en el primer suboficial superior de la Policía Federal Argentina en obtener la Licenciatura en Ciencias de la Seguridad. ¿Qué significó alcanzar ese logro y compartir las aulas con oficiales superiores?

Eduardo:

Alcanzar la Licenciatura en Ciencias de la Seguridad fue uno de los mayores desafíos y satisfacciones de mi carrera. Convertirme en el primer Suboficial Superior de la Policía Federal Argentina en obtener ese título representó la demostración de que el esfuerzo, la perseverancia y el estudio pueden abrir caminos y superar cualquier barrera.

Compartir las aulas con oficiales superiores fue una experiencia muy enriquecedora. Siempre me sentí un alumno más, con el mismo compromiso de aprender, aportar mi experiencia de la calle y crecer profesionalmente. El respeto mutuo y el intercambio de conocimientos demostraron que la jerarquía no limita el aprendizaje y que el conocimiento debe estar al servicio de toda la institución.

Ese logro no fue solamente un reconocimiento personal; lo sentí como un avance para todo el escalafón de suboficiales. Quise demostrar que la capacitación permanente dignifica la profesión, fortalece a la institución y brinda mejores herramientas para servir a la sociedad. Espero que mi experiencia haya servido para motivar a otros a seguir estudiando y a creer que nunca es tarde para alcanzar una meta.


Diario Blue: Después de tantos años de servicio y de haber vivido situaciones tan intensas, ¿hay algún momento, alguna intervención o algún rostro que, a día de hoy, siga acompañándole y que nunca haya podido olvidar?

Eduardo:

Hay escenas que jamás se borran de la memoria. De todas las intervenciones que me tocó vivir, hay una que aún hoy me conmueve profundamente. En pleno microcentro, una banda de arrebatadores empujó a un joven para robarle el dinero. La caída fue fatal: un colectivo que circulaba por el lugar no pudo verlo y lo atropelló. Nunca olvidaré la desesperación de su novia, intentando sacar la cabeza del muchacho de debajo de la rueda, ni la imagen del conductor del colectivo tomándose la cabeza, devastado por lo que acababa de ocurrir.

Ese día logré detener a uno de los integrantes de la banda responsable del hecho, quien posteriormente fue juzgado y condenado por la Justicia. Tanto la novia como el colectivero estuvieron con psicólogos después de ese hecho. Sin embargo, ninguna detención puede devolver una vida ni borrar el dolor de una familia.

Esa tragedia me acompañó siempre y me recordó que detrás de cada procedimiento policial hay seres humanos, sueños que se interrumpen y familias que quedan marcadas para siempre. Son esos rostros y esas escenas los que uno nunca olvida y que le dan un sentido aún más profundo al compromiso de servir y hacer justicia. Después vendrían otras situaciones.


Diario Blue: ¿Qué les diría a aquellos agentes que atraviesan un momento de desánimo, sienten que su trabajo no es reconocido o comienzan a cuestionar su vocación?

Eduardo:

Les diría que nunca pierdan de vista el motivo por el que un día decidieron vestir el uniforme. Habrá momentos de desánimo, de incomprensión y de falta de reconocimiento, porque la labor policial muchas veces solo se hace visible cuando ocurre una tragedia. Sin embargo, el verdadero valor de esta profesión no se mide por los aplausos, sino por las vidas que se protegen, los delitos que se evitan y el servicio silencioso que se presta cada día.

Yo también atravesé momentos difíciles, viví situaciones límite y, en más de una oportunidad, sentí el peso de una responsabilidad enorme. Pero jamás me arrepentí de haber elegido este camino, porque comprendí que la vocación es más fuerte que cualquier obstáculo.

Les diría que estudien, que se capaciten permanentemente, que actúen siempre con honestidad y respeto por la ley, y que nunca permitan que las dificultades les hagan perder sus valores. Al final de la carrera, la mayor recompensa no son los ascensos ni las condecoraciones, sino poder mirar hacia atrás con la tranquilidad de haber cumplido el deber con dignidad, dejando una huella de servicio y de bien para la sociedad.


Diario Blue: Si pudiera volver a encontrarse con aquel niño de doce años que detenía el tránsito para ayudar a sus compañeros a cruzar la calle, ¿qué le diría sobre el camino que estaba a punto de comenzar?

Eduardo:

Primero lo abrazaría muy fuerte. Le diría que nunca pierda esa inocencia, ese deseo de ayudar a los demás y ese orgullo con el que levantaba la paleta para proteger a sus compañeros al cruzar la calle. Le diría que todavía no lo sabe, pero ese pequeño gesto de servicio será el comienzo de una vocación que marcará toda su vida.

También le diría que el camino no será fácil. Que conocerá el dolor, el miedo y la injusticia; que habrá noches de frío, riesgos, pérdidas y escenas que nunca podrá olvidar. Pero también encontrará grandes compañeros, aprenderá el valor de la amistad, formará una hermosa familia y tendrá el privilegio de servir a la sociedad con honor.

Y, antes de despedirme, volvería a abrazarlo y le diría: «No cambies nunca. Conservá ese corazón noble y esas ganas de hacer el bien. Algún día mirarás hacia atrás y comprenderás que aquel niño que detenía el tránsito para cuidar a otros ya llevaba dentro el alma de un policía. Ese será el mayor orgullo de tu vida».


Diario Blue: Para finalizar, cuando mira hacia atrás y repasa toda su trayectoria, ¿siente que ha merecido la pena dedicar su vida al servicio de los demás?

Eduardo:

Sí, sin ninguna duda siento que valió la pena dedicar mi vida al servicio de los demás. Volvería a elegir el mismo camino, porque la vocación fue más fuerte que cualquier sacrificio. Servir a la sociedad fue el mayor honor que pude tener.

Pero sería injusto decir que ese camino no tuvo un costo. Detrás del uniforme hubo muchas noches sin dormir, cumpleaños familiares a los que no pude asistir, fiestas de fin de año lejos de casa, llamados de urgencia y un reloj que nunca marcaba el final de la jornada. Mientras muchas familias compartían una cena, yo estaba de guardia, en una investigación o recorriendo las calles.

Con el paso de los años comprendí que, mientras yo cuidaba a la sociedad, mi esposa y mis hijos muchas veces tuvieron que afrontar la soledad de mi ausencia. Ellos también sirvieron, aunque sin uniforme, porque soportaron mis horarios, mis preocupaciones y mis largas jornadas de trabajo. A veces duele pensar que no pude ser el padre que salía de trabajar después de ocho horas y volvía todos los días a casa para compartir más tiempo con sus hijos. Mi profesión no conocía horarios; cuando el deber llamaba, había que estar presente.

No me arrepiento de haber elegido esta vida. Al contrario, me siento orgulloso de mi carrera y de haber cumplido con mi deber. Pero, si hay algo que aprendí, es que detrás de cada policía hay una familia que también hace sacrificios y merece el mismo reconocimiento. Ellos fueron mi sostén y parte fundamental de todo lo que logré.

Hoy, al mirar hacia atrás, siento gratitud. Gratitud por haber servido con honor, por haber regresado a casa después de tantos riesgos y por haber tenido una familia que nunca dejó de esperarme. Ese fue, sin duda, el mayor acto de amor que recibí a lo largo de toda mi vida.


Palabras finales

Mi vida estuvo unida al servicio desde la juventud hasta el retiro. Tuve el honor de vestir tres uniformes y de formar parte de momentos históricos de la seguridad pública en la Argentina. Comencé mi camino en la Policía Federal Argentina, luego integré la primera promoción de la Policía Metropolitana, una institución que recién nacía, y más tarde tuve el privilegio de ser miembro fundador de la Policía de la Ciudad.

Tres fuerzas de seguridad, una misma misión: servir, proteger y estar siempre del lado de la sociedad.

Después de más de medio siglo dedicado a la seguridad, puedo decir que mi mayor patrimonio no son los cargos ni las condecoraciones, sino la tranquilidad de haber cumplido con mi deber, el respeto de mis compañeros y el cariño de quienes compartieron este largo camino.

Si volviera a nacer, con los mismos sueños y la misma vocación, volvería a elegir este camino. Porque el uniforme puede quedar colgado, pero la vocación de servir permanece para siempre. Esa es la verdadera herencia que deseo dejar a las nuevas generaciones.

«Vale la pena vivir por lo que se está dispuesto a morir».



Con estas palabras ponemos fin a una entrevista especialmente significativa para Diario Blue. Por primera vez, nuestro espacio ha cruzado fronteras para viajar hasta Argentina y conocer una trayectoria construida durante más de medio siglo de servicio, compromiso y vocación.

La historia de Eduardo demuestra que detrás de cada uniforme existe una vida marcada por decisiones difíciles, riesgos, sacrificios familiares, compañeros inolvidables y una profunda responsabilidad hacia la sociedad. Desde aquel niño de doce años que detenía el tránsito para proteger a sus compañeros hasta el profesional que vistió tres uniformes y participó en momentos históricos de la seguridad pública argentina, su camino ha estado guiado por una misma convicción: servir a los demás.

Queremos agradecerle sinceramente la confianza depositada en nosotros, su generosidad al compartir recuerdos tan personales y la honestidad con la que ha recorrido cada etapa de su vida. También queremos reconocer a su esposa y a sus hijos, quienes, como él mismo ha expresado, sirvieron sin uniforme, acompañándolo en las ausencias, en la incertidumbre y en cada regreso a casa.

Nos quedamos con su ejemplo de perseverancia, con su defensa de la formación permanente y con una enseñanza que resume toda una trayectoria: el verdadero reconocimiento no se encuentra en los ascensos ni en las condecoraciones, sino en la tranquilidad de haber cumplido el deber con dignidad.

Esta primera entrevista internacional marca un nuevo capítulo para Diario Blue y nos recuerda que la vocación de servicio no entiende de fronteras. Gracias, Eduardo, por permitirnos contar su historia y por dejar un legado que merece ser conocido por las nuevas generaciones.

Y a todos nuestros lectores, gracias por acompañarnos en este momento tan especial.

Nos vemos el próximo sábado, a las 20:00 horas, con una nueva entrevista en Diario Blue.


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